sábado, 15 de octubre de 2011

"ME ACUERDO" - JAVIER SERRANO


156-Me acuerdo de que en cierta ocasión me estaba limpiando el oído con un bastoncillo y sin que me diera cuenta en ese momento se me coló dentro el algodón. Tiempo después me quedé temporalmente sordo de ese lado, por lo que tuve que ir al médico de cabecera. Este, pese a poder ver el algodoncillo desde fuera, fue incapaz de extraerlo y hubo de remitirme a las urgencias del Hospital de la Princesa. El espectáculo allí era de lo más deprimente, sin un orden claro entre los que esperábamos a ser atendidos y con personas que llegaban con problemas realmente urgentes. Al final el sentido común dictó que el orden que debía prevalecer era el de la gravedad del dolor o de las heridas, por lo que mi caso fue relegado a los últimos lugares. Cuando por fin me llegó el turno una doctora muy agradable procedió a sacar el algodoncillo de mi oreja. Desde entonces no he vuelto a utilizar tales artefactos.

157-Me acuerdo de cuando murió Antonio Vega, a los cincuenta años. A pesar de sus adicciones, Antonio siempre me ha parecido un hombre admirable, uno de los mejores letristas españoles y un tío coherente con su forma de pensar, incorruptible en la medida en que se puede ser incorruptible dentro del mercado musical español. Ese día, los de Radio Nacional de España, Radio-3, le dedicaron un monográfico que duró toda la jornada, algo insólito en Radio-3 y, huelga decirlo, en la radio española. Ese día también derramé unas lágrimas bajo mis gafas de sol. Supongo que las gafas de sol se hicieron para eso, ¿no?

158-Me acuerdo de cuando estuve en Tíbet. El gobierno chino tenía tan controlada la situación que solo permitía el acceso a un puñado de lugares contados; además, para conseguir el billete de avión era necesario haberlo comprado previamente en una agencia de viajes china, la cual se encargaba de integrarte dentro de un grupo de turistas a los que no conocías; una situación bastante forzada, la verdad. Una vez en suelo tibetano te olvidabas de aquel grupo artificial y continuabas a tu aire. El caso es que conseguí llegar hasta una ciudad llamada Sigatsé, hermosa dentro del paisaje desolado típicamente tibetano, con una lamasería que atraía a cientos de peregrinos y con una vida nocturna de lo más animada, con discotecas y decenas de pequeñas peluquerías donde se ejercía la prostitución. Recuerdo que en una de esas discotecas ponían bailes agarrados y podías ver a hombres bailando juntos (aclaro que no era un garito de ambiente, sino abierto al público en general). Mi intención era continuar viaje desde Sigatsé hacia Katmandú, en Nepal, a través de la denominada Friendship Highway (Autopista de la amistad), una carretera bastante espectacular, incluso peligrosa —dicen—, que atraviesa la cordillera del Himalaya. Busqué autobuses que hicieran la ruta, algún coche particular, pensé en hacer autoestop... Nada. Pese a que lo intenté por todos los medios a mi alcance fue completamente imposible seguir adelante. Se respetaba a rajatabla la consigna del gobierno chino de no permitir a nadie, salvo que se formara parte de un grupo organizado —otro—, proseguir el viaje más allá de Sigatsé. Decepcionado, tuve que regresar a Lasa, la capital.

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