viernes, 3 de agosto de 2018

«NI JUGE, NI SOUMISE» (NI JUEZA, NI SUMISA) - JEAN LIBON, YVES HINANT

Título original: Ni juge, ni soumise (Ni jueza, ni sumisa)
Año: 2017
Duración: 99 min.
País: Bélgica
Dirección: Jean Libon, Yves Hinant
Guión: Jean Libon, Yves Hinant
Fotografía: Didier Hill-Derive

Por Javier Serrano

La película nos muestra en el periodo que va desde abril de 2013 hasta septiembre 2016 a la jueza de instrucción belga Anne Gruwez en su quehacer diario.
Por su pequeño juzgado desfilan representantes de toda la miseria humana que previamente, eso sí, han firmado una autorización para que se puedan utilizar esas imágenes. Prostitución, masoquismo, robos, violencia de género, infanticidios de madres que creen que su hijo está poseído por el mismísimo diablo… Miserables que por hacerse con un pequeño botín son capaces de crímenes nefandos.
Sin toga que pueda cubrir el striptease, mostrando con sus gestos y sus comentarios su superioridad moral sobre el delincuente, la jueza imparte su particular justicia como se haría en un reality show. Y así puede ser como una madre que reprende, solo reprende, a su polluelo y le dice que no lo vuelva a hacer, o ponerse más dura y no temblarle el pulso a la hora de enviar a un malhechor una temporada al trullo, para acto seguido ofrecer caramelos al mensajero que viene a traerle unos paquetes. Pero cuidado: «La colère d’Allah, ça sera rien à côté de moi», así que ojito con la jueza Gruwez, una mujer de armas tomar que no se achica ante ningún delincuente, de hecho no dudaría en tirar al suelo a uno de ellos, ahí en su propio despacho, con tal de obtener una muestra de ADN que el reticente malhechor se niega a aportar.
Lejos de morderse la lengua, la jueza da rienda suelta a sus prejuicios, a sus comentarios políticamente incorrectos. De hecho, ahí reside buena parte del encanto de la cinta, en esa transgresión que consiste en decir lo que uno, y mucho más si uno es juez, debería callar, siquiera por prudencia. Quizás es justamente eso lo que atrae al espectador, ese populismo, tan de moda en los últimos tiempos, de atreverse a decir lo que todos piensan y todos callan, y que luego lleva a los descalabros electorales por todos conocidos. Ahí, en la personalidad egocéntrica de la jueza Gruwez, en su particular sentido del humor, en la provocación de sus opiniones, en sus paseos con su viejo Citroën 2CV por las calles de Bruselas, en lo extravagante de algunos casos y sus detalles escabrosos… ahí reside el supuesto toque cómico de la cinta.
Por cierto, todos esos delincuentes son de origen extranjero, a menudo magrebíes a los que la jueza Gruwez no duda en amonestar por tener costumbres tan bárbaras como casarse entre primos, con toda la degeneración genética y enfermedades que eso conlleva. De hecho, uno de ellos, al que la jueza ha condenado a pasar una temporada a la sombra, no duda en afirmar que en cuanto salga de la trena se irá a Siria y abrazará la yihad.
Como era previsible en una película que habla sobre la justicia, no podían faltar agentes del orden, polis de inmaculada piel blanca que colaboran con la superjueza, de un blanco deslumbrante también, en la incesante búsqueda de malhechores, y más concretamente en un oscuro asesinato que quedó sin cerrar y que constituye el levísimo hilo argumental de la película.
Yves Hinant y Jean Libon, los directores del documental Ni juge, ni soumise, ya habían colaborado en el insolente y vitriólico magacín televisivo franco-belga titulado Strip-tease. ¿Hasta qué punto un documental puede ser fiel a la realidad, puede ser creíble, cuando los participantes —como en esas bodas horteras en las que el cámara va grabando, uno por uno, a todos los asistentes y ellos, más que ebrios, fingen no darse cuenta de su presencia— son conscientes de estar colaborando en algo parecido a un juego de simulación?
Para darle un toque de actualidad, no faltan planos en los que se ve a militares patrullando por las calles de Bruselas con el arma en ristre. Sí, amigos, se trata una vez más de la omnipresente amenaza yihadista, tan presente en países como Francia o Bélgica. Pero tranquilos: ahí está la jueza Gruwez.

martes, 31 de julio de 2018

«EL HUÉSPED» - ALBERT CAMUS

El relato «El huésped» está incluido en la obra El exilio y el reino del escritor Albert Camus. La película Loin des hommes (Lejos de los hombres) de David Oelhoffen (con los actores Viggo Mortensen y Reda Kateb)  se inspira en este relato.


El maestro vio a los dos hombres que venían hacia él. El uno iba a caballo, el otro a pie. Todavía no habían emprendido el ascenso de la abrupta ladera que conducía a la escuela, construida en el flanco de una colina. Avanzaban trabajosamente, progresando con lentitud en la nieve, entre las piedras, sobre la inmensa llanura del páramo desierto. De vez en cuando el caballo se encabritaba a ojos vistas. Aún no se le oía pero se veía el chorro de vapor que le brotaba entonces de los ollares. Al menos uno de los hombres conocía la comarca. Seguían la pista que sin embargo había desaparecido desde hacía varios días bajo una capa blanca y sucia. El maestro calculó que no llegarían a la colina antes de media hora. Hacía frío; volvió a entrar en la escuela para buscar un guardapolvos.
Cruzó el aula vacía y helada. En la pizarra los cuatro ríos de Francia, dibujados con cuatro barras de tiza de colores diferentes, bajaban hacia sus estuarios desde hacía tres días. La nieve había empezado a caer brutalmente a mediados de octubre, después de ocho meses de sequía, sin que hubiera habido una transición lluviosa, y la veintena de escolares que vivían en los pueblos diseminados por el páramo ya no venían. Había que esperar al buen tiempo. Daru sólo calentaba la habitación única que constituía su alojamiento, junto al aula de clase, abierta también hacia el páramo, al este. También, como en las aulas, una ventana daba además al mediodía. Por aquella parte, la escuela se hallaba a unos kilómetros del lugar donde la meseta comenzaba a inclinarse hacia el sur. En tiempo claro se podían distinguir las masas violetas de los contrafuertes montañosos donde se abrían las puertas del desierto.
Después de entrar algo en calor, Daru volvió a la ventana desde donde había descubierto por primera vez a los dos hombres. Ya no se les podía ver. Por lo tanto habían empezado a subir la loma. El cielo estaba menos oscuro: la nieve había dejado de caer por la noche. Había amanecido con una luz sucia que apenas se había ido haciendo más intensa a medida que se levantaba el techo de nubes. A las dos de la tarde se hubiera dicho que la mañana apenas comenzaba. Pero más valía eso que los tres días en que la nieve había estado cayendo en medio de unas tinieblas incesantes, con pequeños saltos de viento que sacudían la puerta de doble batiente del aula. Daru había aguardado entonces pacientemente durante largas horas en su habitación, de la que no había salido salvo para ir al cobertizo a ocuparse de las gallinas y coger carbón. Afortunadamente, la camioneta de Tadjid, el pueblo más cercano, al norte, había traído las provisiones dos días antes de la borrasca. Volvería dentro de cuarenta y ocho horas.
Tenía, por otro lado, con qué resistir un asedio, con aquellos sacos de trigo que la administración le había dejado como reserva para distribuir a los escolares cuyas familias habían sido víctimas de la sequía y que abarrotaban su pequeña habitación. En realidad, la desgracia los alcanzaba a todos porque todos eran pobres. Daru había distribuido a los más pequeños una ración cada día. Bien sabía que durante aquellos días les habría faltado. Quizá viniera aquella tarde alguno de los padres o algún hermano mayor y podría aprovisionarle de grano. Había que cubrir el paréntesis hasta la próxima cosecha, sencillamente. Ahora llegaban barcos con cereal de Francia, lo más duro ya había pasado. Pero sería difícil olvidar aquella miseria, aquel ejército de fantasmas harapientos errantes bajo el sol, los páramos calcinados un mes tras otro, la tierra resquebrajándose poco a poco, literalmente torrefactada, cada piedra deshaciéndose en polvo bajo los pies. Entonces las ovejas habían muerto a millares, y también algunos hombres, aquí y allá, sin que pudiera saberse a ciencia cierta.
Ante aquella miseria, él, que vivía casi como un monje en aquella escuela perdida, contento por otro lado con lo poco que tenía y con aquella vida ruda, se había sentido como un señor, entre sus paredes enfoscadas, con su estrecho diván, sus estanterías de madera sin barnizar, su pozo y su abastecimiento semanal de agua y alimentos. Y de repente, toda aquella nieve, sin advertencia previa, sin el relajamiento de la lluvia. Así era la tierra, cruel con la vida, incluso sin hombres, los cuales, además, no solucionaban nada. Pero Daru había nacido allí. En cualquier otra parte se sentía exiliado.
Salió al exterior y avanzó hacia la explanada, delante de la escuela. Los dos hombres se hallaban ya a media ladera. Distinguió al hombre de a caballo, Balducci, el viejo gendarme al que conocía desde hacía mucho tiempo. Balducci traía a un árabe a pie detrás de él, con las manos atadas al cabo de una cuerda y la frente baja. El gendarme hizo un gesto de saludo al que Daru no respondió, absorto mientras contemplaba al árabe vestido con una chilaba que en otro tiempo había sido azul, con los pies calzados con sandalias pero cubiertos con gruesos calcetines de lana cruda, con la cabeza cubierta con un fez estrecho y corto. Se fueron acercando. Balducci llevaba su cabalgadura al paso para no forzar al árabe y el grupo avanzaba lentamente.
Al alcance de la voz Balducci gritó: «¡Una hora para hacer los tres kilómetros desde El Ameur hasta aquí!» Daru no respondió. Corto y cuadrado en su espeso guardapolvos, les fue viendo subir. El árabe no había levantado la cabeza ni una sola vez. «Bienvenidos —dijo Daru cuando hubieron llegado a la explanada—. Entrad a calentaros.» Balducci se apeó trabajosamente del caballo sin soltar la cuerda. Sonrió al maestro de escuela con sus bigotes enhiestos. Sus pequeños ojos oscuros, muy hundidos bajo la frente curtida, y su boca rodeada de arrugas le daban un aspecto atento y aplicado. Daru tomó al caballo por la brida, lo condujo al cobertizo y regresó a la escuela donde los dos hombres le estaban esperando. Les hizo pasar a la habitación. «Voy a calentar el aula —dijo—. Estaremos más a gusto.» Cuando volvió a la habitación, Balducci se había tumbado en el diván. Había desanudado la cuerda que le mantenía atado al árabe y éste se había acuclillado cerca de la estufa. Con las manos todavía amarradas y el fez en el cogote, miraba a través de la ventana. Al principio Daru sólo vio sus enormes labios, lisos, abultados, casi negroides; la nariz sin embargo era recta, los ojos oscuros, llenos de fiebre. El fez dejaba al descubierto una frente obstinada y, bajo la piel requemada aunque algo descolorida por el frío, toda su cara tenía un aire a la vez inquieto y rebelde que sorprendió a Daru cuando el árabe, volviendo el rostro hacia él, le clavó los ojos. «Pasad al lado, dijo el maestro, voy a preparar té a la menta.» «Gracias —dijo Balducci—. ¡Vaya faena! ¡A ver si me jubilo de una vez!» Y dirigiéndose al árabe prisionero: «Tú, ven.» El árabe se levantó y, lentamente, manteniendo las muñecas por delante, pasó a la escuela.
Daru trajo una silla con el té. Pero Balducci ya se había instalado en el primer pupitre y el árabe se había acuclillado contra el estrado del maestro, frente a la estufa, que se encontraba entre la mesa y la ventana. Cuando ofreció el vaso al prisionero Daru dudó ante sus manos atadas. «A lo mejor se le podría desatar.» «Claro que sí —dijo Balducci—. Era sólo para el viaje.» Hizo ademán de levantarse. Pero Daru, dejando el vaso en el suelo, se había arrodillado junto al árabe. Éste, sin decir nada, le dejó hacer mirándole con sus ojos enfebrecidos. Cuando tuvo las manos libres se frotó una contra otra las muñecas hinchadas, tomó el vaso de té y bebió el líquido ardiente a pequeños sorbos rápidos.
—Bien —dijo Daru—. ¿Dónde vais así?
Balducci sacó sus bigotes del té:
—Aquí, hijo mío.
—Vaya alumnos. ¿Vais a dormir aquí?
—No. Yo me vuelvo a El Ameur. Y tú vas a entregar aquí al compañero a Tinguit. Le esperan en la comuna mixta.
Balducci miró a Daru con una leve sonrisa amistosa.
—Qué me estás contando —dijo el maestro—. ¿Me estás tomando el pelo?
—No, hijo mío, no. Son órdenes.
—¿Ordenes? Yo no puedo… —Daru titubeó; no quería molestar al viejo corso—. Pero bueno, ése no es mi oficio…
—¡Eh! ¡Qué me quieres decir con eso! En la guerra se hacen todos los oficios.
—Entonces esperaré la declaración de guerra.
Balducci aprobó con la cabeza.
—Bueno. Pues aquí están las órdenes y te conciernen a ti también. Parece que va a haber jaleo. Se habla de que se prepara una revuelta. En cierto modo estamos movilizados.
Daru seguía con su aire obstinado.
—Escúchame, hijo —dijo Balducci—. Yo te aprecio, y me tienes que comprender. En todo El Ameur somos una docena para patrullar por un territorio de la extensión de un pequeño departamento y yo tengo que regresar. Me han dicho que te entregue a este pájaro y que regrese sin tardanza. En su pueblo empiezan a moverse, querían liberarle. Tienes que llevarle a Tinguit mañana. No me digas que a un hombre fuerte como tú le dan miedo esos veinte kilómetros. Después, se acabó. Te vuelves con tus alumnos a la buena vida.
Se oía al caballo agitarse y patear con el casco detrás de la pared. Daru miraba por la ventana. Era evidente que el tiempo empezaba a aclarar, la luz se iba extendiendo sobre el páramo nevado. Cuando toda la nieve se hubiera fundido el sol reinaría de nuevo y abrasaría una vez más los campos de piedra. Y otra vez, durante días enteros, el cielo volcaría su luz seca sobre la llanura solitaria donde no había nada que recordara la presencia del hombre.
—En fin —dijo volviéndose hacia Balducci—. ¿Qué es lo que ha hecho? —Y antes de que el gendarme abriera la boca preguntó—: ¿Habla francés?
—Ni una palabra. Se le buscaba desde hacía un mes, pero lo estaban ocultando. Mató a su primo.
—¿Está contra nosotros?
—No lo creo. Pero eso nunca se puede saber.
—¿Por qué le ha matado?
—Creo que por asuntos de familia. Al parecer el uno le debía grano al otro. No está claro. En fin, resumiendo, mató a su primo de un tajo de hoz. Ya sabes, como a un cordero, ras…
Balducci hizo el gesto de pasar una cuchilla por la garganta y atrajo la atención del árabe que le miró con una especie de inquietud. De repente a Daru le invadió una súbita cólera contra aquel hombre, contra todos los hombres y su sucia maldad, sus odios incansables, sus sangrientas locuras.
Pero la tetera empezaba a silbar sobre la estufa. Volvió a servir té a Balducci, dudó un instante y sirvió de nuevo al árabe que bebió con avidez por segunda vez. Al levantar los brazos se entreabría su chilaba y el maestro pudo ver su pecho flaco y musculoso.
—Gracias, hijo —dijo Balducci—. Y ahora me largo.
Se levantó y se dirigió hacia el árabe sacando un cordel de su bolsillo.
—¿Qué haces? —preguntó secamente Daru.
Balducci, sorprendido, le mostró la cuerda.
—No es necesario.
El viejo gendarme titubeó.
—Como quieras. Me imagino que estás armado.
—Tengo mi escopeta de caza.
—¿Dónde?
—En el baúl.
—Deberías tenerla cerca de la cama.
—¿Por qué? No tengo nada que temer.
—Estás loco, hijo. Si se rebelan, nadie estará a salvo, estamos todos en el mismo saco.
—Me defenderé. Tengo tiempo de verlos llegar.
Balducci se echó a reír y luego de repente los bigotes volvieron a cubrir sus dientes todavía blancos.
—¿Que tienes tiempo? Bueno. Lo que yo digo. Siempre has estado algo majara. Y por eso te aprecio, porque mi hijo era también así.
Al mismo tiempo, sacó el revólver y lo dejó sobre el escritorio.
—Guárdalo. De aquí a El Ameur no tengo necesidad de dos armas.
El revólver brillaba sobre la pintura negra de la mesa. Cuando el gendarme se volvió hacia él, el maestro sintió su olor a cuero y a caballo.
—Escucha, Balducci —dijo Daru de repente—. Todo esto me asquea, y lo que más me asquea de todo es el tipo éste. Pero no iré a entregarle. Si es necesario combatiré. Pero esto no.
El viejo gendarme se mantenía frente a él y le miraba con severidad.
—Estás haciendo tonterías —dijo lentamente—. A mí tampoco me gusta esto. A pesar de los años nunca se acostumbra uno a pasarle una cuerda a un hombre, incluso da vergüenza, sí. Pero no se les puede dejar hacer lo que quieran.
—No iré a entregarle —repitió Daru.
—Es una orden, hijo. Te lo repito.
—Eso es. Repíteles lo que te he dicho: no le entregaré.
Balducci hizo un visible esfuerzo de reflexión. Miró al árabe y a Daru. Al fin se decidió:
—No. No les diré nada. Si no quieres cooperar, haz lo que quieras, no te denunciaré. Tengo órdenes de entregar al prisionero y eso es lo que hago. Y ahora me vas a firmar un papel.
—Es inútil. No voy a negar que me lo has entregado.
—No te portes mal conmigo. Ya sé que dirás la verdad. Eres de aquí, eres un hombre. Pero tienes que firmar, son las normas.
Daru abrió su cajón, sacó un pequeño frasco de tinta violeta, el palillero de madera roja con el plumín estilo sargento que utilizaba para trazar los modelos de caligrafía y firmó. El gendarme dobló cuidadosamente el papel y lo guardó en su portafolios. Después se dirigió hacia la puerta.
—Te acompaño —dijo Daru.
—No —dijo Balducci—. No es necesaria tanta cortesía. Me has insultado.
Miró al árabe, inmóvil en el mismo lugar, suspiró con aire pesaroso y se volvió hacia la puerta: «Adiós, hijo», dijo. La puerta batió tras él. Balducci surgió del otro lado de la ventana y desapareció. Sus pasos se ahogaron en la nieve. El caballo se agitó detrás de la pared y las gallinas se alborotaron. Un instante después, Balducci volvió a pasar delante de la ventana llevando al caballo por la brida. Fue avanzando hacia el terraplén sin volverse, desapareció primero y el caballo le siguió. Una piedra gruesa rodó blandamente. Daru se volvió hacia el prisionero, que no se había movido, pero que no apartaba la mirada de él. «Espera», dijo el maestro en árabe, y se dirigió hacia la habitación. En el momento de cruzar el umbral tuvo un reflejo, fue hacia el escritorio, cogió el revólver y se lo metió en el bolsillo. Después, sin volverse, entró en su habitación.
Permaneció tendido largo rato en el diván, viendo cómo el cielo se iba cerrando poco a poco, escuchando el silencio. Lo que más penoso le había parecido a su llegada, después de la guerra, había sido aquel silencio. Había solicitado un puesto en aquella pequeña ciudad al pie de los contrafuertes que separan el desierto de los altos páramos. Allí, unas murallas rocosas, verdes y negras hacia el norte, rosadas o malvas al sur, marcaban la frontera del eterno verano. Le habían destinado en un puesto más al norte, en los mismos páramos. Al principio, la soledad y el silencio en aquellas tierras ingratas que únicamente habitaban las piedras le habían sido duros. A veces, algunos surcos hacían pensar en cultivos, pero habían sido cavados para extraer cierta piedra adecuada para la construcción. Allí solamente se labraba la tierra para cosechar guijarros. Otras veces se arrancaban algunos puñados de tierra, acumulada en las hondonadas, para nutrir los escuálidos huertos de las aldeas. Así era, las tres cuartas partes de la comarca estaban cubiertas de guijarros. Allí las ciudades nacían, brillaban y desaparecían; los hombres pasaban, se amaban o se lanzaban dentelladas a la garganta, y después morían. En aquel desierto nadie era nada, ni él ni su huésped. Y sin embargo, Daru sabía que ni el uno ni el otro hubieran podido vivir de verdad fuera de aquel desierto.
Cuando se levantó no llegaba ningún ruido procedente del aula. Se alegró del franco júbilo que le invadió al pensar que el árabe pudiera haber huido, y que se iba a encontrar solo, sin tener que decidir nada. Pero el prisionero estaba allí. Únicamente se había acostado todo a lo largo entre la estufa y el escritorio. Miraba el techo con los ojos abiertos. En aquella postura se veían sobre todo sus labios abultados que le daban un aspecto burlón. «Ven», dijo Daru. El árabe se levantó y le siguió. El maestro le señaló una silla cerca de la mesa, bajo la ventana de la habitación. El árabe se acomodó sin dejar de mirar a Daru.
—¿Tienes hambre?
—Sí —dijo el prisionero.
Daru instaló dos cubiertos. Tomó harina y aceite, amasó una torta en una fuente y encendió el hornillo de butano. Mientras la torta se cocía salió para volver con queso, huevos, dátiles y leche condensada que había cogido del cobertizo. Cuando la torta terminó de cocerse la puso a enfriar en el pretil de la ventana, calentó la leche condensada disuelta en agua y para terminar batió una tortilla con los huevos. En uno de sus movimientos se topó con el revólver que tenía hundido en el bolsillo derecho. Dejó el tazón, pasó al aula y puso el revólver en el cajón del escritorio. Cuando regresó a la habitación la noche estaba cayendo. Encendió la luz y sirvió al árabe. «Come», dijo. El otro tomó un pedazo de torta, se lo llevó rápidamente a la boca y se detuvo.
—¿Y tú? —dijo.
—Después de tí. Yo también comeré.
Los abultados labios se abrieron un poco. El árabe titubeó y luego mordió resueltamente la torta.
Cuando terminaron de comer, el árabe miró al maestro.
—¿Eres tú el juez?
—No, yo te guardo hasta mañana.
—¿Por qué comes conmigo?
—Tengo hambre.
El otro se calló. Daru se levantó y salió. Regresó del cobertizo con un catre de campaña, le extendió entre la mesa y la estufa, perpendicular a su propio lecho. De una maleta grande que servía, de pie en un rincón, de estantería para los archivos, sacó dos mantas y las dispuso sobre el catre. Después se detuvo, se sintió inactivo, se sentó en su cama. Ya no había más que hacer ni que preparar. Había que mirar a aquel hombre. Por lo tanto le miró, intentando imaginarse aquel rostro arrebatado por el furor. No lo conseguía. Únicamente veía su mirada, a la vez sombría y brillante, y su boca de animal.
—¿Por qué le mataste? —preguntó con una voz cuya hostilidad le sorprendió.
El árabe apartó la mirada.
—Se escapó. Eché a correr detrás de él.
Alzó los ojos hacia Daru. Estaban llenos de una especie de interrogación infeliz.
—¿Qué me van a hacer ahora?
—¿Tienes miedo?
El otro se irguió apartando los ojos.
—¿Lo lamentas?
El árabe, con la boca abierta, no le miró. Aparentemente no comprendía nada. La irritación se iba apoderando de Daru. Al mismo tiempo se sentía torpe y crispado dentro de su corpachón, atrapado entre las dos camas.
—Túmbate ahí —dijo con impaciencia—. Es tu cama.
El árabe no se movió. Se dirigió a Daru:
—¡Oye!
El maestro le miró.
—¿Vuelve mañana el gendarme?
—No lo sé.
—¿Vienes con nosotros?
—No lo sé. ¿Por qué?
El prisionero se levantó y se tumbó sobre las mismas mantas, con los pies hacia la ventana. La luz de la bombilla eléctrica le caía justo en los ojos y los cerró al momento.
—¿Por qué? —repitió Daru, de pie delante del catre.
El árabe abrió los ojos bajo la luz cegadora y le miró esforzándose por no pestañear.
—Ven con nosotros —dijo.
Más tarde, en medio de la noche, Daru seguía sin poder dormir. Se había metido en la cama después de desnudarse completamente: normalmente se acostaba desnudo. Pero cuando se encontró sin ropa en medio de la habitación dudó unos instantes. Se sintió vulnerable y le vino la tentación de volver a vestirse. Después se encogió de hombros; se había visto en otras y si era necesario haría pedazos al adversario. Le podía observar desde su cama, tendido de espaldas, aún inmóvil y con los ojos cerrados bajo la luz violenta. Cuando Daru apagó la luz, las tinieblas parecieron congelarse de golpe. Poco a poco la noche resucitó en la ventana, donde el cielo sin estrellas se agitaba blandamente. El maestro distinguió pronto el cuerpo tendido delante de él. El árabe seguía sin moverse pero sus ojos parecían abiertos. Un viento tenue rondaba alrededor de la escuela. Quizá despejaría las nubes y volvería el sol.
El viento aumentó durante la noche. Las gallinas se removieron un poco, luego callaron. El árabe se volvió de lado presentando la espalda a Daru, y éste creyó oírle gemir. Después estuvo al acecho de su respiración, más fuerte y regular. Escuchó aquel aliento cercano y soñaba sin poder dormirse. En la habitación, donde hacía un año que dormía solo, aquella presencia le molestaba. Pero le molestaba también porque le imponía una especie de fraternidad que en las circunstancias presentes rechazaba, y que conocía bien: los hombres que comparten la misma habitación, soldados o prisioneros, quedan unidos por un extraño lazo, como si se despojaran de sus armaduras al mismo tiempo que de sus vestidos, y como si cada noche se juntaran, por encima de sus diferencias, en la antigua comunidad del sueño y la fatiga. Pero Daru despejó esos pensamientos, no le gustaban esas tonterías, tenía que dormir.
Sin embargo, algo más tarde, cuando el árabe se agitó imperceptiblemente, el maestro seguía sin poder dormir. Al segundo movimiento del prisionero se puso tenso, en alerta. El árabe se incorporó lentamente sobre un brazo, con un movimiento casi de sonámbulo. Sentado sobre la cama, esperó, inmóvil, sin volver la cabeza hacia Daru, como si estuviera escuchando con la mayor atención. Daru no se movió: se le acababa de ocurrir que el revólver se había quedado en el cajón del escritorio. Más valía actuar enseguida. Sin embargo continuó observando al prisionero, que, con el mismo movimiento sin roces, había plantado los pies en el suelo y, después de esperar un rato, comenzaba a levantarse lentamente. Daru iba a llamarle cuando el árabe empezó a andar, esta vez con un paso natural, pero extraordinariamente silencioso. Se dirigía hacia la puerta del fondo, que daba al cobertizo. Hizo girar el picaporte con precaución y salió tirando de la puerta tras de él, sin llegar a cerrarla. Daru no se movió. Únicamente pensó: «Se escapa. Un problema menos.» Sin embargo aguzó el oído. Las gallinas no se movían: por lo tanto el otro estaba en el campo. Entonces le llegó un débil ruido de agua y no entendió de qué se trataba hasta que el árabe apareció otra vez en el marco de la puerta, la volvió a cerrar con cuidado y se acostó de nuevo sin un ruido. Daru entonces le volvió la espalda y se durmió. Más tarde aún le pareció oír desde el fondo del sueño unos pasos furtivos alrededor de la escuela. «Estoy soñando, estoy soñando», repitió. Y dormía.
Cuando se despertó el cielo se había despejado; por entre las juntas de la ventana entraba un aire frío y puro. El árabe dormía, acurrucado ahora bajo las mantas, totalmente entregado al sueño. Pero cuando Daru le sacudió tuvo un sobresalto terrible, mirando a Daru sin reconocerle, con ojos dementes, y una expresión tan aterrorizada que el maestro retrocedió un paso. «No tengas miedo. Soy yo. Hay que comer.» El árabe sacudió la cabeza y dijo sí. La calma volvió a su rostro pero su expresión seguía ausente y distraída.
El café estuvo listo. Lo bebieron sentados ambos en el catre de campaña, mordisqueando un pedazo de torta. Después Daru acompañó al árabe al cobertizo y le mostró el grifo donde él se aseaba. Regresó a la habitación, recogió las mantas y el catre, hizo su propia cama y puso orden en el cuarto. Entonces salió a la explanada pasando por la escuela. El sol se alzaba ya en el cielo azul; una luz tierna y viva inundaba el páramo desierto. La nieve se fundía en algunos lugares de la ladera. De nuevo iban a aparecer las piedras. En cuclillas, al borde del terraplén, el maestro contempló la extensión desierta. Pensó en Balducci. Le había ofendido, le había despedido de manera desagradable, como si no quisiera que le metieran en el mismo saco que él. Volvió a oír la despedida del gendarme y, sin saber por qué, se sintió extrañamente vacío y vulnerable. En aquel momento, del otro lado de la escuela, el prisionero tosió. Daru le escuchó, casi a pesar suyo, después, furioso, tiró una piedra que silbó en el aire antes de hundirse en la nieve. El crimen estúpido de aquel hombre le sublevaba, pero entregarle era contrario al honor: sólo pensarlo le volvía loco de humillación. Y maldecía a la vez a los suyos, que le enviaban a aquel árabe, y también le maldecía a él, que se había atrevido a matar sin haber sabido huir. Daru se levantó, dio vueltas en círculo en el terraplén, después esperó, inmóvil, y finalmente volvió a entrar en la escuela.
Inclinado sobre el suelo de cemento del cobertizo el árabe se lavaba los dientes con dos dedos. Daru le miró y después dijo: «Ven». Regresó a la habitación precediendo al prisionero. Se puso un chaquetón de caza por encima de su guardapolvos y se calzó unos zapatos de monte. Esperó fuera, de pie, a que el árabe se pusiera su fez y sus sandalias. Pasaron a la escuela y el maestro señaló la salida a su compañero: «Ve andando», dijo. El otro no se movió. «Te sigo», dijo Daru. El árabe salió. Daru volvió a la habitación para hacer un paquete con galletas, dátiles y azúcar. Antes de salir titubeó unos segundos en el aula, delante de su escritorio, después cruzó el umbral de la escuela y cerró la puerta. «Es por allí», dijo. Tomó la dirección del este, seguido del prisionero. Pero a poca distancia de la escuela le pareció oír un leve ruido detrás de él. Volvió sobre sus pasos para inspeccionar los alrededores de la casa: no había nadie. El árabe le veía actuar sin comprender aparentemente nada. «Vamos», dijo Daru.
Anduvieron durante una hora y descansaron cerca de una especie de pitón calizo. La nieve iba fundiéndose cada vez más deprísa, el sol se bebía los charcos al instante, limpiaba a toda velocidad el páramo que, poco a poco, se secaba y vibraba como el mismo aire. Cuando prosiguieron su ruta, el suelo resonaba bajo sus pasos. De vez en cuando un ave rasgaba el espacio delante de ellos con un grito alegre. Daru bebía la luz fresca con profundas inhalaciones. Una suerte de exaltación nacía en él delante de aquel gran espacio familiar, ahora casi enteramente amarillo, bajo la cúpula de cielo azul. Anduvieron todavía una hora más, bajando hacia el sur. Llegaron a una especie de prominencia chata, hecha de rocas friables. A partir de allí, en dirección este, el páramo se inclinaba hacia una llanura baja donde se podían distinguir algunos árboles esqueléticos y, en dirección sur, hacia un caos rocoso que daba un aspecto atormentado al paisaje.
Daru inspeccionó las dos direcciones. Sólo el cielo cerraba el horizonte donde no asomaba ni un ser viviente. Se volvió hacia el árabe, que le miraba sin comprender. Daru le ofreció un paquete: «Toma —dijo—. Son dátiles, pan y azúcar. Podrás aguantar un par de días. Toma mil francos también.» El árabe cogió el paquete y el dinero pero conservando sus manos llenas a la altura del pecho, como si no supiera qué hacer con lo que le daban. «Ahora mira —dijo el maestro mostrándole la dirección del este—, ésa es la ruta de Tinguit. Hay dos horas de camino. En Tinguit está la administración y la policía. Te esperan.» El árabe miró hacia el este, manteniendo contra su cuerpo el paquete y el dinero. Daru le tomó por el brazo y le obligó a girar bruscamente un cuarto hacia el sur. Al pie de la ladera en la que se encontraban se adivinaba un camino apenas dibujado. «Ésa es la pista que cruza los páramos. A un día de marcha de aquí encontrarás pastizales y los primeros nómadas. Te acogerán y te darán cobijo, según su ley.» El árabe se había vuelto hacia Daru y una especie de pánico asomó a su rostro: «Escúchame», dijo. Daru sacudió la cabeza: «No, cállate. Ahora te dejo». Le volvió la espalda y se alejó dos largos pasos en dirección a la escuela, luego miró con aire indeciso al árabe inmóvil y se marchó. Durante algunos minutos sólo escuchó sus propios pasos sonoros sobre la tierra fría y no volvió la cabeza. Sin embargo, al cabo de un momento se dio la vuelta. El árabe seguía allí, en lo alto de la colina, ahora con los brazos a lo largo del cuerpo, mirando al maestro. Daru sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Lanzó un juramento de impaciencia, hizo un gran ademán con las manos y se alejó. Ya estaba lejos cuando de nuevo se detuvo a mirar. En la colina no había nadie.
Daru titubeó. Ahora el sol estaba ya bastante alto en el cielo y comenzaba a morderle la frente. Volvió sobre sus pasos, al principio algo incierto, después con mayor decisión. Cuando llegó a la pequeña colina chorreaba de sudor. La subió a toda prisa y se detuvo sin aliento en la cumbre. Al sur, los campos de roca se dibujaban con nitidez contra el cielo azul, pero en la llanura, al este, empezaba a levantarse un vaho de calor. Y en aquella bruma ligera, con el corazón acongojado, Daru descubrió al árabe andando lentamente camino de la prisión.
Algo más tarde, de pie frente a la ventana del aula, el maestro contemplaba sin verla la luz tierna que saltaba desde las alturas del cielo sobre toda la superficie de la llanura. Detrás de él, en la pizarra, entre los meandros de los ríos franceses, trazada con tiza por una mano poco hábil, se veía la inscripción que acababa de leer: «Has entregado a nuestro hermano. Lo pagarás». Daru contemplaba el cielo, la llanura y, más allá, las tierras invisibles que se extendían hasta el mar. En aquella vasta región que tanto había amado se encontraba solo.

viernes, 13 de julio de 2018

«INVASIÓN» - ABNER BENAIM

Título original: Invasión
Año 2014
Duración: 94 min.
País: Panamá
Dirección: Abner Benaim
Guión: Abner Benaim
Música: Ulises Conti
Fotografía: Guido De Paula
Coproducción Panamá-Argentina; Ajimolido Films / Apertura Films

Invasión es una película documental que se ocupa de la ocupación de Panamá perpetrada por tropas de Estados Unidos, el 20 de diciembre de 1989, en la operación llamada Causa Justa, ordenada por George H. W. Bush y que permitió que más de 20.000 soldados norteamericanos invadieran el país centroamericano por mar, aire y tierra.
Hasta ahí los hechos, pero ¿quién se acuerda ya de ellos?, se pregunta Abner Benaim, el director de la cinta. Más que mostrar imágenes, más o menos espectaculares, de dicha invasión (que no se muestran en el filme y que sería lo habitual en este tipo de cine), Benaim está más interesado en el recuerdo que tienen los que la padecieron. Habla con ellos, con los panameños, y son ellos los que narran en primera persona cómo vivieron dicha experiencia, las heridas que sufrieron, los daños materiales que el bombardeo provocó en sus casas... El director además les pide que le ayuden a recrear ciertos episodios de una ocupación que se prolongó 14 días y que acabó con la entrega del dictador Noriega. Como siempre que se vuelve al pasado, los sentimientos son encontrados, y los diversos participantes (Rubén Blades entre ellos) se preguntan, incluso discuten, por los motivos de la invasión, el número de muertos; algunos se jactan de haber saqueado tiendas amparándose en la confusión; otros aplauden la ocupación porque, a su juicio, acabó con la dictadura y favoreció el advenimiento de la democracia; no falta quien afirma que Noriega era un peón en las manos de la CIA y la DEA, y que financiaba a la «contra» nicaragüense con generosos envíos de cocaína; mientras otros aseguran que todo fue una mascarada para mantener el control por parte de Estados Unidos del Canal de Panamá más allá del 2000…
El general Noriega, en el poder desde 1983, pasó de ser aliado de Estados Unidos y colaborar con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y la Administración para el Control de Drogas​ (DEA), a ser su enemigo, buscado por las tropas invasoras, casa por casa, hasta el punto de tener que refugiarse en la nunciatura de Panamá, edificio que sería sitiado por los norteamericanos, mientras potentes altavoces tronaban rock duro (Welcome to the Jungle de Guns N' Roses y otras lindezas) a un volumen infernal para socavar la resistencia psicológica del general.
Tras ser detenido, Noriega pasó veinte años recluido en Estados Unidos (1990-2010) y Francia (2010-2011), por delitos de narcotráfico y blanqueo de capitales, y posteriormente fue extraditado a Panamá, donde murió el 29 de mayo de 2017 en Ciudad de Panamá. Al día de hoy, mientras el paso del tiempo continúa con su efecto inexorable y devastador sobre la memoria, se desconoce el número de víctimas mortales, pero organizaciones locales de derechos humanos calculan que el número de asesinados podría estar entre 2.000 y 7.000 (por 23 bajas en el ejército invasor).

Premios 2015: Festival de Málaga: Premio del Público (Mejor documental)

martes, 10 de julio de 2018

DAMIÁN RABAL Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS


... Damián Rabal, hermano del actor Paco Rabal, trabajó como obrero en la construcción del Valle de los Caídos, junto al actor, su padre y un tío que murió de silicosis, enfermedad que acabó con la vida de buena parte de los que allí trabajaron (se estima su número en 20.000 hombres a lo largo de 20 años). Así contaba al escritor Daniel Sueiro, autor de La verdadera historia del Valle de los Caídos, el efecto que le produjo una visita de Franco a Cuelgamuros para inspeccionar la marcha de las obras:

«Y hay algo que recuerdo muy particularmente en aquella visita, de aquella situación vis a vis con Franco y su gente. Ante el derrotado que yo era, y además escondido, llega de repente la Victoria, la Victoria personificada, el hombre que ha ganado la guerra. Y llega como un olor, como un perfume; eso es lo que mejor recuerdo de aquel momento, el olor, el buen olor que tenían, el olor de la gente que vive bien, sencillamente. Tengo ese recuerdo como una obsesión. Era un extraño perfume, que nunca antes había conocido. Yo pensaba: esta es la gente que lo tiene todo, basta con ese olor. Era la máxima representación del triunfo, del éxito: un perfume. No exactamente un aroma, no, sino un perfume»...
Valle de los Caídos



miércoles, 13 de diciembre de 2017

«JARDINES EFÍMEROS (ME ACUERDO)» - JAVIER SERRANO SÁNCHEZ

... así empieza la obra Jardines efímeros (me acuerdo), de Javier Serrano Sánchez, ya en librerías y en www.librosdeitaca.com ...


1
… me acuerdo de que en el colegio, en aquellos fríos días
de invierno, algunos de mis compañeros llevaban
puesto el pijama debajo de la ropa…

2
… me acuerdo del pegamento Imedio…

3
… me acuerdo de que cuando tenías una mancha en la cara
tu madre te la quitaba con un dedo mojado de saliva…

4
… me acuerdo de las pelotas azules de Nivea…

5
… me acuerdo de unas pelusas voladoras a las que
llamábamos «molinillos de viento» y que viajaban
suspendidas en el aire. Si conseguías atrapar un
«molinillo de viento», podías pedir un deseo y se te
concedía…

6
… me acuerdo de haberme sentido un delincuente
ante la mirada de la policía…

7
… me acuerdo de los coches de choque,
de la música,
de las luces
y de los tipos duros…