martes, 5 de noviembre de 2013

«DESGARRADURA» (1) - EMIL CIORAN

Fragmentos de Desgarradura, de E.M. Cioran, editado por Tusquets y traducido por Amelia Gamoneda:

«Por lo demás, una revolución, la que sea, sólo triunfa en el caso de que esté enfrentándose a un orden irreal. Lo mismo ocurre con cualquier cambio, con cualquier gran viraje histórico»

«… la historia surge como una negación gradual, como un alejamiento progresivo de un estado primero, de un milagro inicial, al mismo tiempo convencional y embriagador: es kitsch a fuerza de nostalgia… Cuando culmine este avance hacia el final, la historia habrá alcanzado su «meta»: ya no conservará en ella nada que pueda recordar su punto de partida, que poco importa que sea una fábula. El paraíso, imaginable en todo caso en el pasado, no lo es en absoluto en el futuro: sin embargo, el hecho de que haya sido colocado antes de la historia arroja sobre ésta claridades devastadoras, que hacen que nos preguntemos si no hubiese sido preferible quedarse en el estado de la amenaza, de la pura virtualidad».


«Decididamente, no hay salvación mediante la historia. Ésta no es, en absoluto, nuestra dimensión fundamental; sólo es la apoteosis de las apariencias. ¿Será posible que, una vez que nuestra carrera exterior se haya abolido, volvamos a encontrar la naturaleza que nos es propia? El hombre post-histórico, ser completamente vacante, ¿será apto para encontrar en sí mismo lo intemporal, es decir, todo cuanto ha sido ahogado en nosotros por la historia? Únicamente cuentan esos momentos nuestros que ella no ha contaminado. Los únicos seres que están en condiciones de entenderse, de comulgar realmente entre sí, son los que se abren en este tipo de momentos. Las épocas curtidas por la interrogación metafísica siguen siendo los momentos culminantes, las auténticas cimas del pasado. A lo que no puede ser captado sólo se acercan las hazañas interiores, sólo ellas tienen acceso, aunque sólo sea durante un segundo, un segundo que pesa más que todo el resto, incluso más que el propio tiempo».

«Que el hombre se largue cuanto antes, tal es el deseo que la naturaleza formula y que el hombre, si lo quisiera, podría satisfacer en el acto. Así ella lograría librarse de este sedicioso cuya sonrisa misma es subversiva, de este anti-viviente al que alberga por fuerza, de este usurpador que le ha robado sus secretos para someterla, para deshonrarla. Pero él ya estaba destinado a caer en la esclavitud y en la ignominia por sus propios delitos. Al traspasar con sus conocimientos y con sus actos los límites asignados a la criatura, ha atentado contra las propias fuentes de su ser, contra su fondo original. Sus conquistas son obra de un traidor a la vida y a sí mismo. De ahí proceden su aire de culpabilidad y su actitud poco clara, de ahí viene ese remordimiento que trata de disimular con la insolencia y el ajetreo. Si se intoxica de ruido, es para rehuir, para esquivar la inculpación que el más breve repliegue sobre sí mismo le obligaría a oír irremediablemente. La creación descansaba en un estupor sagrado, en un admirable e inaudible gemido; sacudiéndola con su frenesí, vociferando como un monstruo acorralado, el hombre la ha obligado a volverse irreconocible y ha comprometido su paz para siempre. Hay que incluir la desaparición del silencio entre los indicios anunciadores del fin. Hoy, la Gran Babilonia ya no merece desmoronarse por su impudicia y sus desenfrenos, sino a causa de su estruendo y de su barullo, de las estridencias de su chatarra y de los desquiciados que no aciertan a saciarse con ello. Ensañándose con los solitarios —los últimos mártires—, los persigue, los tortura, interrumpiendo en cada momento sus meditaciones, infiltrándose como un virus sonoro en sus pensamientos para minarlos, para degradarlos. ¿Cómo, en su exasperación, no iban a desear verla derrumbarse sin demora? Esta nueva prostituta contamina el espacio, mancilla seres y paisajes, expulsa de todas partes la pureza y el recogimiento. ¿Adónde ir, dónde quedarse? ¿Y qué seguir buscando en el guirigay de un planeta babilonizado? Antes de que quede hecho añicos, quienes más hayan sufrido en él, aquellos a quienes ha atormentado, tendrán por fin su revancha: serán los únicos en bendecir el desenlace, los únicos en saborear la suspensión del estrépito, ese breve y decisivo silencio que precede a las grandes catástrofes».

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