domingo, 9 de octubre de 2011

"EL ARTE DE INSULTAR" (1) - ARTHUR SCHOPENHAUER

Textos extraídos de El arte de insultar, de Arthur Schopenhauer (Alianza Editorial), una recopilación de veneno destilado, de insultos selectos y de estopa repartida a diestro y siniestro en diferentes obras.

Los escritores

Los escritores pueden dividirse en estrellas fugaces, planetas y estrellas fijas. Las primeras proporcionan golpes de escena momentáneos; uno levanta la vista, exclama ¡mira allí!, y un instante después se han esfumado para siempre. Los segundos, es decir, los astros errantes que vagan por el cielo, tienen mucha más sensatez. A menudo brillan más intensamente que las estrellas fijas, aunque ello se debe a su cercanía, y suelen ser confundidos con éstas por los profanos. Sin embargo, incluso ellos ceden pronto su lugar, su luz es prestada, y su esfera de influencia está limitada a sus vecinos orbitales (a sus contemporáneos). Yerran y cambian; lo suyo es describir una órbita de varios años. Sólo las estrellas fijas son invariables, se mantienen inmóviles en el firmamento, poseen luz propia, y su influencia no se restringe a un lugar, dado que, por no poseer paralaje, su apariencia no es afectada por el hecho de que nosotros modifiquemos nuestra posición. No están circunscritas, como aquellos otros cuerpos celestes, a un solo sistema solar (nación), sino que pertenecen al universo entero. Pero precisamente por lo elevado de su posición, su luz requiere casi siempre muchos años para ser vista por los habitantes de la tierra.

Escritores mediocres

Aquellas cabezas vulgares, definitivamente, no pueden decidirse a escribir como piensan; pues adivinan que si lo hicieran, el asunto tratado podría adquirir un cariz demasiado simple... [...]. Por lo tanto, formulan lo que tienen que decir en locuciones retorcidas y difíciles, neologismos, y períodos dilatados que eluden el pensamiento y lo ocultan. Vacilan continuamente entre el empeño de transmitir lo pensado y el de oscurecerlo. Quieren amañarlo para que adquiera una apariencia culta o profunda, y produzca la impresión de que encierra mucho más de lo que se puede percibir a primera vista. De ahí que lo vayan dispensando por entregas, en sentencias cortas, ambiguas y paradójicas que pretenden decir muchas más cosas de las que dicen (ejemplos excelentes de este tipo los proveen los escritos de Schelling sobre la filosofía de la naturaleza); otras veces presentan su pensamiento bajo un torrente de palabras con una prolijidad insoportable, como si fueran necesarios quién sabe qué prodigiosos recursos para hacer comprensible su sentido; cuando muchas veces se trata de una ocurrencia muy sencilla, si no una mera banalidad (Fichte, en sus escritos divulgativos, y cientos de imbéciles que no vale la pena nombrar, nos proporcionan abundantes muestras de ello con sus manuales de filosofía).

La fama falsa

Entre las formas de fama rápidamente adquiridas hay que contar a la fama falsa, es decir, la artificial, que se obtiene mediante alabanzas injustificadas, buenos amigos, críticos venales, señas desde lo alto o acuerdos por lo bajo, o enaltecimiento de una obra sobre la premisa correcta de que las masas no saben juzgar. Dicha fama se parece a los globos hechos de vejigas de buey que se suelen usar para mantener a flote a un objeto pesado. Quizá lo sostengan un tiempo más o menos largo, dependiendo de la manera en que hayan sido inflados y atados; pero terminan por dejar pasar el líquido, y el cuerpo se hunde.

El erudito

La peluca es el símbolo, bien escogido, del erudito como tal. Adorna la cabeza con una gran masa de cabello ajeno cuando escasea el propio; de la misma manera, la erudición se compone esencialmente de una gran cantidad de pensamientos ajenos, los cuales, por cierto, no la adornan tan bien y naturalmente como aquellos que brotan del origen y del suelo inherentes a uno mismo; ni son tan aplicables a todos los casos ni adaptados a todos los fines; ni están tan arraigados; ni, una vez que han sufrido desgaste, pueden ser inmediatamente reemplazados por otros de la misma procedencia.
Para quien estudia con el propósito de comprender las cosas, los libros y las investigaciones son meros peldaños de una escalera con la que se asciende hasta la cima del conocimiento: en cuanto un peldaño ha permitido ascender un paso, hay que abandonarlo. La mayoría de la gente, en cambio, estudia para llenar su memoria y no utiliza los peldaños de la escalera para ascender, sino que los desmonta y se los echa al hombro para llevárselos, alegrándose del creciente peso de su carga. Permanecen siempre abajo, ya que sostienen aquello que debería sostenerlos a ellos.

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