miércoles, 30 de noviembre de 2016

«SPACESHIP BLUES BAND» (THE BLUE FLAMES) - JAVIER SERRANO

Lo que sigue es un fragmento de la novela Spaceship Blues Band:

THE BLUE FLAMES - 7' 55''
Performed by Jimi Hendrix

HANNA NOVA
(Ex-modelo)

Yo era amiga íntima de Linda, Linda Keith. En aquellos tiempos no había nada que pudiera quedar en secreto entre nosotras: nos lo contábamos absolutamente todo. Además, cuando ella conoció a Jimi James, pues en aquella época todavía nadie lo llamaba Jimi Hendrix, yo estaba con ella. Estoy hablando de mediados de los sesenta. Linda tenía unos veinte años, era guapísima y, sobre todo, era la novia del stone Keith Richards (la bella aspira una bocanada profunda del porro que tiene entre sus dedos). Fue una noche en el Cheetah Club de Nueva York, un local horroroso decorado con papel de pieles de animales. La banda se llamaba... Curtis... Curtis algo... vaya, ahora no lo recuerdo. El caso es que allí estaba aquel guitarrista con extravagante aspecto de pirata y con peinado alborotado y en forma de bola, tocando como un dios, o como un diablo, según se mire. Apenas éramos un puñado de espectadores pero el tío se desvivía con su guitarra, como si fuera el primer o el último concierto de su vida, haciendo versiones ultralargas de temas conocidos. Hubo un momento —esto me lo contaría Linda después—, cuando Jimi empezó a tocar con los dientes, que Linda tuvo la certeza de que estaba intentando impresionarla. Es curioso porque yo tuve la misma impresión: Jimi James estaba tocando solo para mí e intentaba impresionarme. Al final, nuestros amigos accedieron a quedarse a ver también el último pase; nuestra intención oculta no era otra que hablar con el guitarrista. Le invitamos al apartamento de un amigo, en la 63. Imagínate: un apartamento de paredes pintadas de rojo y con lunares de leopardo (pausa para reír, una dentadura perfecta todavía). Jimi era un ingenuo. Uno de mis amigos le preguntó si quería tomar ácido. «No, gracias —respondió Jimi muy serio—, preferiría un poco de LSD» (carcajadas de Hanna Nova: no solo conserva en perfecto estado sus dientes, también toda su hermosura). Luego nos confesó que hasta ese momento solo había probado porros, anfetaminas y, ocasionalmente, algo de cocaína. «¿Sabes? —dijo Jimi— En Harlem el LSD es una droga de blancos». «¿Y por qué quieres tomarla entonces?». «No... no me gustan los prejuicios», respondió, riendo y enseñando su fila de dientes y sin dejar de mascar su chicle. Me parecía tímido Jimi, sentado en aquel horrible sofá. Su voz melosa, la dulzura de sus rasgos... ¡y lo increíblemente sexy que resultaba la combinación! (nuevas risas, no debe de ser nada mala la mandanga que tiene entre sus dedos). Cuando lo tomamos aquella noche —el LSD, me refiero—, no estaba prohibido todavía. Es más, estaba considerado casi como una panacea para todo tipo de enfermedades... (nueva bocanada del porro que parece no consumirse) ¿Por dónde íbamos...? Ah, sí. Aquella noche, Jimi nos dijo que se había mirado en un espejo y que había visto a Marilyn Monroe, ¿puedes creerlo? Luego estuvimos escuchando discos. Linda tenía una maleta repleta de discos de Keith. Discos de blues, exclusivamente. Keith y los demás estaban en Inglaterra. También tenía un disco recién estrenado, el Blonde on Blonde de Dylan, que, por cierto, le encantó a Jimi. Si te he de ser sincera, no estoy segura de si esta parte que estoy contando ahora la vi con mis propios ojos o yo ya me había retirado y Linda me la contó después, pues Linda me ha contado tantas veces esta historia sobre cómo conoció a Jimi, y con tal cantidad de detalles, que dudo ahora de si la experiencia le ocurrió a ella o a mí misma. ¿Por dónde iba...? (...) Ah, eso. Jimi se puso a improvisar por encima de las canciones. ¿Te imaginas, un recital privado de Jimi Hendrix y Bob Dylan tocando juntos para nosotros, en exclusiva? (nuevas risas). Luego alguien le preguntó por su manera de tocar y Jimi entonces nos explicó que no lo sabría explicar, pero que en aquel preciso instante no estaba tocando notas sino colores, y que de alguna manera veía la música en el interior de su cerebro, segundos antes de ejecutarla. Todo muy raro, ¿no? «Y cantar, ¿por qué no cantas?». «No, no tengo voz pa... para cantar». Me estoy acordando ahora de que Jimi tartamudeaba un poco. «Joder, si Dylan lo hace, todo el mundo puede hacerlo». «En Harlem dicen que Bob Dylan es un jodido blanco que hace mierda de hillbilly para blancos. ¿Sabes?, me da igual lo que digan en Harlem, a mí me gusta». Y Jimi venció su proverbial timidez y se arrancó a cantar algo con Dylan, no recuerdo qué. En aquel momento Linda tuvo claro que tenía que tirar de sus amistades para buscar un productor que permitiera al mundo conocer a Jimi James. (…) Aquella fue una noche mágica, irrepetible. Estábamos cansados, así que nos fuimos a dormir a la habitación de al lado. Jimi y Linda no. La verdad es que a esas alturas yo ya tenía claro que era en ella en quien estaba interesado y no en mí. Lo que viene ahora lo sé por ella, por Linda. Tenían mucho de qué hablar y eran conscientes, los dos, de que tal vez nunca volvería a repetirse un encuentro como aquel. Antes de que me lo preguntes te diré que Linda me aseguró, y yo la creo, que no hubo sexo entre ellos. Como te he dicho, Linda estaba con Keith. Probablemente, él se la estaba jugando con otra, pero ella no era capaz. Ya ves: las mujeres somos así de gilipollas... ¿Por dónde íbamos? (...) Ah, vale. Días después, Jimi le contó que había conocido a Richie Havens en el Cheetah. Fue Richie el que le convenció para que abandonara los garitos de Harlem y se fuera a los clubes del Greenwich Village. Por aquella época el Greenwich era uno de los centros de lo que algunos empezaban a llamar «contracultura». Pues bien, en el Greenwich lo volvimos a ver otra noche, a Jimi, me refiero. Linda insistió en que fuéramos a verlo. ¿Dónde era? Ah, sí, en el Café Wha?, eso es, en el Wha? ¿Sigue existiendo ese garito? (...) En aquel tiempo no tenía permiso de licores, era un sótano tenebroso con paredes de tierra y con una clientela de blancos emborrachándose con Green Tiger. Debíamos de ser apenas unos quince, pero Jimi impresionó. Esa noche Jimi dejó la guitarra allí, en el local. Al día siguiente, cuando fue a actuar no estaba, algún cabrón se la había mangado (nueva bocanada). Puedo imaginarme la cara que pondría el pobre Jimi, ¡joder, la guitarra! El caso es que alguien le dejó una, una para diestros. Sin cortarse, Jimi empuñó la guitarra, la giró, se la colocó en el lado izquierdo y comenzó a tocar, dejándonos a todos boquiabiertos. Me acuerdo también de que Jimi, como yo misma o como el resto de mis amigos y como todos los jóvenes de entonces, se había aficionado ya a viajar con tripis. Era un consumidor habitual, y esa noche debía de haberse comido alguno. Días después, nacía Jimmy James and The Blue Fames, con Jimi haciendo de líder, con sus collares y sus joyas de imitación, exhibiéndose con sus trucos con la guitarra y tocando versiones de Dylan, de Howlin´ Wolf, un Summertime eterno... (…) Algo después, como si ya hubiera agotado todos los sonidos que podía extraerle a su guitarra, Jimi empezó a experimentar con distorsionadores. Imagina: ahora, además de blues, de Dylan, de cuentos de Andersen y de películas de Flash Gordon, Jimi le hablaba a Linda (y ella me hablaba a mí) de cosas extrañas: de bendings, de retroalimentaciones y cosas por el estilo, que nunca he llegado a saber qué son. Por cierto, ¿esto para qué revista es?

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