domingo, 22 de febrero de 2015

«EL REENCUENTRO (ÅTERTRÄFFEN)» - ANNA ODELL

Reseña publicada en www.larepublicacultural.es

Título original: Återträffen (2013)
Dirección: Anna Odell
Intérpretes: Anna Odell, Sandra Andreis, Kamila Benhamza, Anders Berg, Erik Ehn, Niklas Engdahl, Per Fenger-Krog, Robert Fransson, Sara Karlsdotter, Henrik Norlén, Cilla Thorell, Malin Vulcano
Guión: Anna Odell
Fotografía: Ragna Jorming
Duración: 88’
País: Suecia
Productora: French Quarter Film

El reencuentro debe su título al encuentro que muchos años después, en otoño de 2010, reúne a un grupo de hombres y mujeres que compartieron sus años de escuela, cuando eran los alumnos del noveno grado “C” de un colegio de Estocolmo.
En la primera parte del filme asistimos a lo que en principio parece que va a ser una agradable fiesta llena de anécdotas y recuerdos, y bien lubricada con alcohol, y que pronto se revela como un reencuentro lleno de tensión, donde uno de los personajes, Anna (interpretado por la propia directora de la película, Anna Odell), a quien nadie se acordó de invitar a la reunión, aparece inesperadamente y comienza a reprochar a sus antiguos compañeros las intimidaciones, burlas y acoso a que le sometieron durante aquellos primeros nueve años de vida escolar.
En la segunda parte, el personaje protagonista, artista dentro de la película, trata de reunir a sus antiguos compañeros de colegio, de manera individual o en pequeños grupos, con la excusa de mostrarles una película (la primera parte de El reencuentro) y grabar sus reacciones, para hacer con ello una suerte de documental.
¿Cine dentro del cine?, ¿ficción o realidad? En El reencuentro la frontera que separa ficción y realidad es lábil, hasta el punto de que el espectador no llega a saber si los actores son realmente actores o son personajes reales haciendo una película, o si la primera parte de la película es ficción y la segunda es documental, o si en la vida real la directora y actriz protagonista, Anna Odell, sufrió realmente algún episodio de acoso escolar durante su infancia. De hecho, hay una secuencia en la que un personaje se encuentra con el actor que hace de él y entre ambos mantienen un interesante diálogo sobre esta circunstancia. Por otro lado, está ese concepto, no menos lábil, de la «realidad», ¿qué es la realidad?, ¿lo que veo yo?, ¿lo que ven los demás? Un suceso puede percibirse de manera muy diferente, dependiendo del punto de vista del observador, de su situación en la jerarquía social o de su personalidad. Y eso por no hablar de cómo la memoria, o el instinto de supervivencia, tiende a manipular el recuerdo de ciertos hechos del pasado para hacerlos más «digeribles».
El reencuentro habla del abuso escolar, de ese hostigamiento hacia algunos compañeros que son capaces de perpetrar algunos niños («sólo éramos unos niños», se justifican los personajes) y siempre dentro de esa jerarquía de la que habla Anna: los «guays» y los «pringaos»; es decir, los que están arriba frente a los que están abajo, un esquema simple que se acaba reproduciendo, de manera inexorable, en cualquier grupo u organización social, más o menos grande. La directora interpela al espectador, pues sabe que este ha asistido en su época de colegio a episodios similares, bien como abusador, bien como víctima, o acaso como cómplice silencioso, y le hace reflexionar sobre ello, le hace internarse en los laberintos de la memoria y de la culpa, como ese perturbador plano secuencia que aparece en la película, haciendo de hilo conductor, donde la cámara avanza, en silencio, por los pasillos desiertos de una escuela.
¿Qué pasaría si algún día la situación se invirtiese? Anna no habla de venganza, asegura que simplemente quiere que sus ex-compañeros sean conscientes de todo el daño que le hicieron, y así aprender de ello. Además, ¿por qué nadie la invitó a la reunión? Es interesante ver las reacciones de aquel grupo de tiernos escolares: algunos han madurado y se sienten avergonzados del episodio, incluso alguno pide disculpas; otros dicen que han olvidado, que no recuerdan; hay otros que reconocen los hechos y no sólo no se arrepienten sino que los justifican, y el espectador puede entrever cuál ha sido la evolución que han seguido sus vidas, y cómo se han engarzado perfectamente en esa élite de «guays» a la que parecían predestinados. Reacciones perfectamente humanas, como se ve, y que podrían ser extrapolables a colectivos más grandes, ¿no hay en la biografía de cualquier persona o en la historia de cualquier nación episodios más o menos lamentables y que siguen ahí, en nuestra memoria (individual o colectiva), regresan una y otra vez, y estamos condenados a gestionar esos recuerdos, a ratificar o a rectificar ciertos hechos, ciertas conductas, a asumir o a intentar olvidarlos, tal vez incluso pedir disculpas? Humana, y muy valiente, es también la reacción de la protagonista al enfrentarse a su pasado y a sus maltratadores.
La capacidad de Anna Odell para remover conciencias ya había quedado patente en su obra Unknown woman: 2009-349701, donde, tras fingir un estado psicótico en plena calle, fue ingresada en un hospital psiquiátrico de Estocolmo. La performance era su proyecto de graduación en la escuela de Bellas Artes de Estocolmo.


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