sábado, 31 de mayo de 2014

«GUMMO» DE HARMONY KORINE

Publicado en larepublicacultural.es

Título original: Gummo
Director: Harmony Korine
Guión: Harmony Korine
Intérpretes: Linda Manz, Max Perlich, Jacob Reynolds, Chlöe Sevigny, Jacob Sewell, Nick Sutton, Lara Tosh, Carisa Bara
Fotografía: Jean-Yves Escoffier
Música: Randall Poster
Año: 1997
Duración: 89 min.
País: Estados Unidos
Productora: Fine Line Features / Independent Pictures




Gummo se desarrolla en Xenia (Ohio), una pequeña localidad que ha sido asolada por un devastador tornado. Quizá por ello, en Xenia, en Gummo, todo es feo, sucio, viejo, roto, decadente… La película prescinde de un hilo argumental: el espectador se asoma a momentos, a veces aparentemente banales (todo lo banal que puede ser cualquier existencia), de la vida de los personajes, mientras escucha la voz en off, rugosa y triste, del narrador. El azar, en forma de accidente meteorológico, ha cambiado el destino de los protagonistas, acaso para siempre, ha hecho que la tristeza y el nihilismo se instale en sus baqueteados hogares; de ahí que todo en la película sea feo. Sus personajes también son feos, están enfermos, tienen taras físicas… Los actores (que salvo excepciones son no profesionales) son gordos o escuálidos, albinos, negros enanos, deficientes mentales…, y se interpretan a sí mismos, en situaciones espontáneas y diálogos improvisados. Coquetean con el mundo del crimen, la prostitución, el tráfico de drogas… Pertenecen a una clase obrera vapuleada que malvive en esas casas destrozadas por el tornado, llenas de muebles rotos y de objetos y de basura por doquier. Estos seres, procedentes de familias desestructuradas de adultos fracasados, buscan alguna caricia, un poco de belleza que les haga escapar de su mundo sombrío. La mayoría de ellos son jóvenes (los pocos adultos que aparecen o a los que se hace alusión son personajes fracasados por una razón u otra), niños o adolescentes descamisados que se drogan, follan lo que pueden, u ocasionalmente dan rienda suelta a la violencia que llevan dentro. Es como si de alguna manera el destino los abocara a un fracaso similar al de sus padres, de ahí el rictus serio de Salomon, el protagonista adolescente incapaz de sonreír durante toda la película, que parece haber vislumbrado ya de qué va la vida.
La película transpira violencia, ya sea como juego, en forma de armas de juguete o a puño desnudo, o en violentos y blasfemos diálogos que imitan el lenguaje de las películas; o como violencia real: abusos sexuales, racismo, homofobia… La muerte, como culminación de toda violencia, también está presente en Gummo, sobrevolando la vida de los personajes: así esos gatos que son aniquilados a lo largo de toda la película (y que a veces son torturados); las constantes referencias —con fragmentos nerviosos de vídeos de aficionados o de película de diferente metraje— al tornado que asoló la localidad y aniquiló animales pero también personas; en la confesión suicida de un personaje nihilista, en la eutanasia, o en ese componente autodestructivo que parece habitar en el alma de todos los habitantes de Xenia… Afortunadamente, también hay en Gummo conversaciones o confesiones llenas de ingenuidad, incluso ternura. Con la banda sonora de la cinta ocurre otro tanto, es capaz de alternar momentos de rock metalero con la voz edulcorada de Roy Orbison cantando Crying.
Como se ve, la América que refleja la película no es precisamente la que sale en el habitual cine de Hollywood, sino que es la América real, la América sórdida que padecen muchos de sus habitantes. A pesar de todo, y en medio de la miseria y la fealdad de esos barrios pobres de Nashville en que se rodó el filme, se hace cierto lo que dice la voz en off: «La vida es hermosa… Llena de hermosura e ilusión… Si no fuera por eso, estarías muerto».
La cinta alterna momentos realistas con otros de cierto tono surrealista. Contiene algunas secuencias memorables, como esa en que Salomon, el protagonista, hace pesas delante de un espejo al ritmo del Like a Prayer de Madonna, o esa otra que tiene lugar en una bañera llena de agua oscura, en un cuarto de baño cutrísimo, donde Salomon toma un baño al mismo tiempo que se come unos espagueti que su madre acaba de servirle.
Gummo se rodó a lo largo de cuatro semanas en el verano de 1996. Es eso que llaman una película de culto, uno de esos filmes cuyos rendidos admiradores acuden a ver cada vez que se proyectan en una sala de cine, y donde, al terminar la proyección, no faltan los aplausos. Cosechó algunos premios: Premio FIPRESCI, del Festival de Venecia (1997), o el Premio Especial del Jurado en el Festival de Gijón (1998).


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