viernes, 2 de agosto de 2013

«LA CAÍDA» (y II) - ALBERT CAMUS

Fragmentos extraídos de La caída, de Albert Camus, editado por Alianza Editorial y traducido por Manuel de Lope.

«Tiene que suceder algo, esa es la explicación de la mayor parte de los compromisos humanos. Tiene que suceder algo, incluso la servidumbre sin amor, incluso la guerra o la muerte. ¡Vivan pues los entierros!»

«Si se condenara en todas partes a los proxenetas y a los ladrones, la gente honrada, caballero, se creería todo el tiempo que es inocente. Y a mi juicio —ya estamos, ya estamos, ya llegamos al punto— es eso sobre todo lo que hay que evitar. De otro modo no habría de qué reírse».

«Lo esencial es ser inocente, que las virtudes, debidas al nacimiento, no puedan ser puestas en duda, y que sus faltas, producto de un infortunio pasajero, sean siempre provisionales. Ya se lo he dicho, se trata de atajar los juicios. Como resulta muy difícil atajarlos, y delicado hacer admirar y excusar la propia naturaleza, todo el mundo intenta ser rico. ¿Por qué? ¿No se lo ha preguntado? Por el poder, claro. Pero sobre todo porque la riqueza evita el juicio inmediato, aparta de la muchedumbre del metro para encerrarnos en una carrocería niquelada, aísla en amplios parques protegidos, en cochescama, en camarotes de lujo. La riqueza, querido amigo, no llega a ser una absolución, pero es un sobreseimiento, que tampoco está del todo mal...».

«De otro modo, aunque en toda una vida solamente hubiera una mentira oculta, la muerte la volvía definitiva. Nadie, jamás, conocería la verdad sobre ese punto, puesto que precisamente el único en saberlo se había muerto, se había dormido con su secreto».

«¿No es la mujer lo único que nos queda del paraíso terrenal?»

«Pero la verdad, mi querido amigo, es embrutecedora».

«Había que someterse y reconocer la propia culpabilidad. Había que vivir en el malconfort. Es verdad, usted no conoce esa mazmorra que en la Edad Media se llamaba el malconfort. En general se le dejaba a uno olvidado allí de por vida. Aquella celda se distinguía de las demás por sus ingeniosas dimensiones. No era lo suficientemente alta para permanecer de pie, pero tampoco lo suficientemente larga para permanecer acostado. Había que aceptar el estilo del tullido, vivir en diagonal; el sueño era una caída, la vigilia un acuclillamiento. Pesando mis palabras, querido amigo, le diré que había algo genial en aquel hallazgo tan sencillo. Mediante la inmutable condición que anquilosaba su cuerpo, el condenado aprendía todos los días que era culpable y que la inocencia consiste en estirarse alegremente. ¿Puede usted imaginar en una celda parecida a un hombre aficionado a las cumbres y a las cubiertas superiores? ¿Qué? ¿Se podía vivir en esas celdas y ser inocente? ¡Muy poco probable, muy poco probable! De otro modo mi razonamiento se rompería la crisma. Me niego a considerar un solo instante la hipótesis de que la inocencia pueda verse obligada a vivir como un jorobado. Además, nosotros no podemos afirmar la inocencia de nadie, y sin embargo podemos afirmar con certeza la culpabilidad de todos. Todo hombre es testigo del crimen de todos los demás, ésa es mi fe y mi esperanza».

«Siempre hay razones para asesinar a un hombre».

«¡Ah, querido amigo! ¿Sabe usted lo que es una criatura solitaria deambulando por una gran ciudad?».

«A veces se puede ver más claro en el que miente que en quien dice la verdad. La verdad, como la luz, ciega. La mentira, al contrario, es un bello crepúsculo que valoriza todos los objetos».

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