sábado, 27 de julio de 2013

«EL TIEMPO DE LOS ASESINOS» (II) - HENRY MILLER

Fragmentos de El tiempo de los asesinos, de Henry Miller, obra traducida por Roberto Bixio y revisada por Mercedes Fernández.

«Un artista adquiere el derecho de llamarse creador sólo cuando admite que no es sino un instrumento».

«El mundo no quiere originalidad, quiere conformidad, esclavos, más esclavos. El lugar que corresponde al genio está en el albañal, cavando zanjas, o en las minas y canteras, donde su talento no será utilizado. Un genio en busca de empleo es uno de los espectáculos más tristes del mundo. No encaja en ninguna parte, nadie quiere saber nada de él. Es un inadaptado, dice el mundo. Y con esto le cierran violentamente la puerta en las narices. Pero, ¿es que no hay entonces sitio para él? Sí, siempre queda sitio en lo más bajo del fondo. ¿No lo habéis visto nunca en el puerto, cargando bolsas de café o algún otro artículo «de primera necesidad»? ¿No habéis observado qué bien lava los platos en la cocina de un inmundo restaurante? ¿No lo habéis visto cargando maletas en una estación de ferrocarril?».

«¡Qué memorables, qué proféticas parecen ahora las palabras que arrojó a su amigo Delahaye cuando éste exaltó la innegable superioridad de los conquistadores germanos!: "¡Imbéciles!, detrás de sus chillonas trompetas y sus monótonos tambores, se vuelven a su país a comer sus salchichas, creyendo que todo ha terminado. Pero aguarda un poco y los verás militarizados de pies a cabeza, y por mucho tiempo, bajo jefes hinchados de orgullo que no los soltarán más, van a tragar todas las inmundicias de la gloria... Veo desde aquí el régimen de hierro y locura que acuartelará la sociedad alemana. Y todo sólo para ser aplastados al final por cualquier coalición!"».

«Dado que toda palabra es idea», decía Rimbaud, «¡tiene que llegar el tiempo de un lenguaje universal!... Esa lengua nueva o universal hablará de alma a alma y lo resumirá todo, perfumes, sonidos, colores, uniendo todo pensamiento». La clave de este idioma, está de más decirlo, es el símbolo, que sólo el creador posee. Es el alfabeto del alma, prístino e indestructible. Gracias a él, el poeta, señor de la imaginación y gobernante anónimo del mundo, se comunica, comulga con sus camaradas. Con el fin de establecer este puente, el joven Rimbaud se entregó a sus experiencias. ¡Y con qué éxito, pese a su repentina y misteriosa renuncia! Desde más allá de la tumba sigue aún comunicándose, y cada vez más poderosamente con el correr de los arios. Cuanto más enigmático nos parece, más lúcida se hace su doctrina. ¿Paradójico? De ningún modo. Todo cuanto hay de profético sólo puede revelarse con el tiempo y la contingencia. En este medio vemos hacia atrás y hacia adelante con idéntica claridad; la comunicación se convierte en el arte de instaurar en cualquier momento en el tiempo una relación armónica entre pasado y futuro. Todos y cada uno de los materiales son de la misma utilidad, siempre y cuando puedan ser convertidos en la moneda eterna: la lengua del alma. En este reino no existen ni analfabetos ni gramáticos. Sólo es necesario abrir el corazón, desechar todo prejuicio literario... en otras palabras, revelarse. Lo que equivale, por supuesto, a una conversión. Se trata de una medida radical que presupone un estado de desesperación. Pero si todos los demás métodos fallan, como inevitablemente suele suceder, ¿por qué no recurrir a esa medida extrema, la conversión? Sólo en las puertas mismas del infierno asoma la salvación. Los hombres han fracasado, en todos los sentidos. Una y otra vez han tenido que volver sobre sus pasos, retomar la pesada carga y comenzar por enésima vez la empinada y ardua ascensión hacia la cumbre. ¿Por qué no aceptar el reto del espíritu y someterse? ¿Por qué no rendirse y hallar así acceso a una nueva vida? El Antiguo está siempre esperando. Unos lo llaman el Iniciador, otros el Gran Sacrificio…».

«No es extraño que el siglo XIX esté lleno de figuras demoniacas. Basta pensar en Blake, en Nerval, en Kierkegaard, Lautréamont, Strindberg, Nietzsche, Dostoyevski, todas figuras trágicas, y trágicas en un nuevo sentido. Todos ellos atraídos por el problema del alma, por la expansión de la conciencia y la creación de nuevos valores morales. En el eje de esta rueda que arroja luz sobre el vacío, Blake y Nietzsche reinan como dos deslumbrantes estrellas gemelas; su mensaje sigue siendo tan nuevo que vemos en ellos las huellas de la insania. Nietzsche reestructura todos los valores vigentes; Blake inventa una nueva cosmogonía. Rimbaud está en muchos sentidos próximo a ellos. Es como una estrella fugaz que aparece súbitamente, brilla en todo su esplendor y luego se precipita hacia la Tierra».

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