lunes, 25 de febrero de 2013

«QUIERO SABER POR QUÉ» - SHERWOOD ANDERSON


... el relato que sigue es uno de los más conocidos de Sherwood Anderson. Apareció publicado en The Triumph of the Egg (1921). Está traducido por Vicenç Tuset y aparece incluido en Cuentos Reunidos (Debolsillo).
Es un cuento sobre una aventura iniciática, contado en primera persona por el protagonista, donde habla de su fascinación por los purasangre y por las carreras de caballos. También describe su decepción al comprobar cómo el hombre es capaz de hacer lo más sublime y acto seguido es capaz de lo más vulgar...


QUIERO SABER POR QUÉ
Sherwood Anderson

Aquel primer día en el Este nos levantamos a las cuatro de la mañana. La tarde anterior nos habíamos apeado de un tren de mercancías en el límite de la ciudad y gracias al instinto certero de los muchachos de Kentucky dimos con el camino a la pista y los establos a la primera. Entonces supimos que lo íbamos a pasar bien. Inmediatamente, Hanley Turner encontró a un negro que conocíamos. Era Bildad Johnson, un tipo que en invierno trabaja en las caballerizas de Ed Becker, en Beckersville, nuestro pueblo. Al igual que casi todos nuestros negros, Bildad es buen cocinero, y por supuesto, como a todo aquel que es alguien en nuestra región de Kentucky, le gustan los caballos. En primavera, Bildad se busca la vida por ahí. Un negro de nuestras tierras es capaz de engatusar a cualquiera para que le deje hacer lo que le venga en gana. Bildad embauca a los tipos de los establos y a los criadores de caballos de nuestra zona, en los alrededores de Lexington. Al atardecer, los criadores van a pasar el rato al pueblo, a charlar y quizá echar alguna partida de póquer. Bildad les acompaña. Siempre anda haciendo pequeños favores o hablando de comida, pollo dorado a la cazuela, o cuál es la mejor forma de cocinar boniatos y pan de maíz. Se te hace la boca agua con solo escucharlo.
Cuando comienza la temporada de las carreras y empiezan a llegar los caballos, y en la calle no se habla más que de los potros nuevos, y todo el mundo te cuenta cuándo se irá a Lexington o a las carreras de primavera de Churchill Downs o a Latonia, y los jinetes que andaban por Nueva Orleans o tal vez en las carreras de La Habana, en Cuba, regresan a casa para pasar una semana antes de volver a partir, en ese momento, cuando en Beckersville solo se habla de caballos, aparece Bildad con un trabajo de cocinero para alguna cuadrilla. A menudo, cuando pienso que no se pierde ni un día de la temporada de carreras y luego, en in­vierno, trabaja en las caballerizas donde están los caballos y donde a los hombres les gusta ir y hablar de caballos, me doy cuenta de que me gustaría ser negro. Es una locura, pero así soy yo con los caballos, un loco. No puedo evitarlo.
Bueno, tendré que contarles lo que hicimos e introducirles en el asunto del que hablo. A cuatro chicos de Beckersville, todos blancos e hijos de hombres que llevan una vida ordenada en Beckersville, se nos metió en la cabeza que iríamos a las carreras, y no solo a Lexington o a Louisville, no, quiero decir a la gran carrera del Este de la que siempre habíamos oído hablar a los hombres de Beckersville, a Saratoga. Por entonces éramos todos muy jóvenes. Yo acababa de cumplir los quince y era el mayor de los cuatro. El plan era mío. Lo admito, yo convencí a los demás para que lo intentáramos. Éramos Hanley Turner, Henry Rieback, Tom Tumberton y yo. Tenía treinta y siete dólares que había ganado durante el invierno trabajando por las noches y los sábados en el almacén de Enoch Myer. Henry Rieback tenía once dólares y los demás, Hanley y Tom, tenían solo un dólar o dos cada uno. Lo dejamos todo listo y luego no hicimos nada hasta que hubieron terminado los eventos de primavera en Kentucky y algunos hombres del pueblo, los más deportistas, los que más envidiábamos, se hubieron largado. Entonces también nos largamos nosotros.
No voy a contarles los problemas que tuvimos para conseguir transporte ni nada de eso. Atravesamos Cleveland, Buffalo y otras ciudades, y vimos las cataratas del Niágara. Allí compramos algunas cosas, recuerdos, cucharillas, postales y conchas con dibujos de las cataratas para nuestras hermanas y madres, pero pensamos que sería mejor no enviar nada. No queríamos poner a nadie sobre nuestra pista y que quizá nos pillaran.
Como he dicho, llegamos a Saratoga de noche y fuimos a la pista. Bildad nos dio de comer. Nos indicó un lugar para dormir en una cabaña, sobre el forraje, y nos prometió que no abriría la boca. Los negros son de fiar en cosas de este tipo. No se chivan. Seguro que si te cruzaras con un blanco después de escaparte de casa de ese modo, te parecería que se porta muy bien y te daría medio dólar o un cuarto o algo así, pero luego iría derecho a entregarte. Un blanco haría una cosa así pero no un negro. Son de fiar. Se comportan con decencia, sobre todo con los muchachos. No sé por qué.
En la carrera de Saratoga de aquel año había un montón de hombres de nuestro pueblo. Dave Williams, Arthur Mulford, Jerry Myers y otros. También había muchos de Louisville y Lexington a los que Henry Rieback conocía, pero yo no. Eran jugadores profesionales, igual que el padre de Henry Rieback. Es lo que se llama un mozo de apuestas y la mayor parte del año la pasa en las carreras. En invierno, cuando está en su casa de Beckersville, tampoco se queda demasiado, va de una ciudad a otra apostando a las cartas. Es un hombre amable y generoso, siempre le envía regalos a Henry, una bicicleta, un reloj de oro, un uniforme de boy scout y cosas así.
Mi padre es abogado. No está mal, pero no gana mucho dinero y no puede comprarme nada; de todos modos me he hecho ya tan mayor que ni siquiera lo espero. Nunca me dijo nada en contra de Henry, pero los padres de Hanley Turner y Tom Tumberton sí que lo hicieron. Les dijeron a sus chavales que el dinero que se consigue así no es bueno y que no querían que sus hijos crecieran escuchando historias de jugadores ni pensando en ese tipo de cosas o tal vez haciéndolas.
Bueno, está bien, y supongo que los tipos saben de lo que hablan, pero no veo qué tiene eso que ver con Henry o con los caballos. Por eso escribo esta historia. Estoy confundido. Me es­toy haciendo un hombre y quiero pensar bien las cosas y ser un buen tío, y hay algo que vi en la carrera de la competición del Este que no consigo entender.
No puedo evitarlo, los caballos purasangre me vuelven loco. Siempre fue así. Cuando tenía diez años y me di cuenta de que estaba creciendo demasiado para convertirme en jinete, me dio tanta pena que casi me muero. Harry Hellinfinger de Beckersville, el hijo del jefe de correos, salió demasiado vago para trabajar, pero le gusta andar por ahí gastando bromas a los muchachos, mandarlos a la ferretería a buscar taladros para hacer agujeros cuadrados y cosas por el estilo. Una vez me gastó una a mí. Me dijo que si me comía medio cigarro me quedaría enano, ya no crecería y tal vez podría llegar a ser jinete. Lo hice. Cuando mi padre no miraba le robé un cigarro del bolsillo y me lo zampé no sé cómo. Me puse terriblemente enfermo y tuvieron que llamar al médico, y además no funcionó. Fue una broma. Finalmente confesé qué había hecho y por qué. La mayoría de los padres me hubiera dado una tunda, pero el mío no.
Y bien, ni me quedé enano ni acabé muerto. Eso también fue bueno para Harry Hellinfinger. Entonces se me metió en la cabeza que quería ser mozo de cuadras, pero también tuve que renunciar. Ese trabajo lo suelen hacer los negros y sabía que mi padre no me iba a dejar. Inútil preguntárselo.
Si no les vuelven locos los purasangre, es porque no han estado en un lugar donde haya muchos y nada que los supere. Son hermosos. No hay nada tan adorable, limpio, con tantas agallas, tan honesto y tan todo como algunos caballos de carreras. En las grandes granjas de caballos que hay por los alrededores de Beckersville hay pistas, y los caballos corren desde muy temprano. Más de mil veces me he levantado antes del amanecer y he caminado dos o tres millas hasta esas pistas. Mi madre nunca me lo hubiera permitido, pero mi padre siempre decía «Déjalo». Así que cogía un poco de pan del cesto, algo de mantequilla y jamón, lo engullía y me largaba.
En la pista primero te sientas en la barrera junto a los hombres, blancos y negros, que hablan y mastican tabaco, y luego salen los potros. Es temprano y la hierba está cubierta de rocío. En el campo de al lado hay un hombre arando, y el resto fríe comida en la cabaña donde duermen los negros de las carreras, y ya se sabe lo que un negro puede llegar a reír por reír, a morirse de risa, y a decir cosas que te hagan reír. Un blanco no sabría, y algunos negros tampoco, pero un negro de las carreras es así todo el tiempo.
De modo que sacan a los potros, y algunos los montan los mismos mozos, pero casi cada mañana, en las grandes pistas propiedad de tipos ricos que tal vez vivan en Nueva York, hay siempre, casi cada mañana, unos cuantos potros, algunos viejos caballos de carreras, castrados y yeguas que andan por ahí sueltos.
Se me hace un nudo en la garganta cuando corre un caballo. No me refiero a todos los caballos, solo a algunos. Casi siempre los reconozco. Lo llevo en la sangre, igual que los negros de las carreras y los entrenadores. Incluso cuando van solo al galope con algún negrito encima sé cómo descubrir a un ganador. Si me duele la garganta y me cuesta tragar, entonces ese es. Correrá como Sam Hill cuando lo sueltes. Y costará de creer que no gane siempre, si no lo hace será porque algún otro le habrá hecho tapón o lo habrán empujado o habrá salido mal o algo así. Si quisiera ser jugador como el padre de Henry Rieback me haría rico. Sé que podría y Henry también lo dice. Lo único que tendría que hacer es esperar a que apareciera el dolor cuando viera algún caballo y apostar luego hasta el último centavo. Eso es lo que haría si quisiera ser jugador, pero no quiero.
Cuando estás en una pista por la mañana —no en las pistas de carreras, sino en las de entrenamiento, cerca de Beckersville— no ves caballos de ese tipo que digo muy a menudo, pero es agradable de todos modos. Cualquier purasangre que haya nacido sano de una buena yegua y entrenado por un hombre que sepa lo que hace, puede correr. Si no, ¿qué iban a hacer ahí en lugar de estar tirando de un arado?
Bueno, pues salen de los establos con los chicos sobre el lomo y es hermoso estar allí. Uno se encoge en lo alto de la barrera y siente un cosquilleo aquí adentro. En las cabañas los negros ríen y cantan. Se fríe tocino y se hace café. Todo huele a las mil maravillas. Nada tiene un aroma igual al del café, el estiércol, los caballos, el tocino frito y una pipa fumada al aire libre en una de esas mañanas. Todo eso te atrapa, eso es lo que pasa.
Pero volvamos a Saratoga. Estuvimos allí seis días y no nos vio ni un alma de nuestro pueblo. Todo fue como queríamos, buen tiempo, buenos caballos, buenas carreras y todo. Emprendimos el camino de vuelta a casa y Bildad nos dio una cesta con pollo frito, pan y otras cosas de comer, y cuando estuvimos de regreso en Beckersville, a mí aún me quedaban dieciocho dólares. Mi madre lloraba y no paraba de hablar pero papá no dijo mucho. Les conté todo lo que hicimos, excepto una cosa. Aquello lo hice y lo vi solo. Y sobre eso escribo. Me dejó muy desconcertado. Pienso en ello todas las noches. Ahí va.
En Saratoga, pasábamos la noche tumbados en el forraje de la cabaña que Bildad nos había indicado, comíamos temprano con los negros y luego por la noche, cuando la gente de las carreras ya se había ido. Los hombres de nuestro pueblo se quedaban en la tribuna y en la zona de apuestas, y no pisaban los lugares donde se guardaban los caballos a excepción de los corrales, justo antes de la carrera, cuando se los ensilla. En Saratoga no tienen corrales techados como en Lexington, Churchill Downs y otras pistas de nuestra tierra, sino que ensillan a los caballos en un campo abierto bajo los árboles, sobre un césped tan suave y mullido como el del jardín de Banker Bohon aquí en Beckersville. Es precioso. Los caballos sudan, nerviosos, y brillan; y los hombres salen y fuman cigarros mientras los observan; allí están los entrenadores, y los propietarios, y el corazón late tan fuerte que apenas se puede respirar.
Entonces la corneta toca a sus puestos y los muchachos que van a participar salen corriendo con sus trajes de seda y tú tienes que correr también para hacerte con un lugar en la valla junto a los negros.
Yo sigo queriendo ser entrenador o propietario, y aun a riesgo de que me sorprendieran y me mandaran de vuelta a casa, antes de cada carrera iba a los corrales. Los demás no lo hacían, pero yo sí.
Llegamos a Saratoga un viernes y el miércoles de la semana siguiente se corría el gran Handicap Mullford. Middlestride iba a participar y Sunstreak también. El tiempo era ideal, y la pista estaba en óptimas condiciones. La noche anterior no pude dormir.
Sucedía que ambos caballos eran de los que me hacían un nudo en la garganta. Middlestride es largo, castrado y de aspecto torpe. Pertenece a Joe Thompson, un pequeño propietario de nuestro pueblo que solo tiene media docena de caballos. El Handicap Mullford es de una milla y a Middlestride le cuesta arrancar. Comienza despacio y a mitad de carrera siempre va detrás, pero entonces se echa a correr y si la prueba durara una milla y cuarto se los merendaría a todos.
Sunstreak es distinto. Es un semental nervioso y pertenece a la mayor granja de nuestra región, la Van Riddle, propiedad del señor Van Riddle de Nueva York. Sunstreak es como una de esas chicas en las que uno piensa pero a las que nunca ve. Tiene un cuerpo firme pero precioso. Cuando le miras la cabeza te dan ganas de besarlo. Lo entrena Jerry Tillford, que me conoce y se ha portado bien conmigo en infinidad de ocasiones, me deja entrar en el establo de un caballo para observarlo de cerca y cosas así. No hay nada más hermoso que ese caballo. Se queda junto al poste tranquilo y sin chistar, pero por dentro es puro fuego. Y cuando se levanta la barrera sale como su nombre, Sunstreak, Rayo de Sol. Duele mirarlo. Hiere. Sencillamente corre y manda como un perdiguero. No he visto a ninguno correr como él excepto a Middlestride cuando arranca y se espabila.
¡Uau! Me moría de ganas de ver la carrera y a ese par de caballos compitiendo. De ganas y también de miedo. No quería ver derrotado a ninguno de los dos. Los de nuestras tierras nunca habían enviado un par de animales como aquellos a las carreras. Lo decían los viejos y los negros también. Era un hecho.
Antes de la carrera fui a los corrales para verlos. Le eché un último vistazo a Middlestride, que en el corral no impresiona demasiado y luego fui a ver a Sunstreak.
Aquel era su día. Lo supe en cuanto lo vi. Me olvidé por completo de que nadie debía verme y avancé. Todos los hombres de Beckersville estaban allí, pero nadie advirtió mi presencia, a excepción de Jerry Tillford. Él me vio y entonces sucedió algo. Se lo voy a contar.
Yo estaba ahí, de pie, mirando aquel caballo con una sensación dolorosa. En cierto modo, no sabría decir cómo, sabía exactamente cómo se sentía Sunstreak. Estaba tranquilo y dejaba que los negros le frotaran las patas y que el propio señor Van Riddle lo ensillara, pero por dentro era un torrente embravecido. Era como el agua del río justo antes de precipitarse por las cataratas del Niágara. Aquel caballo no pensaba en correr, no necesitaba pensar en eso. Pensaba tan solo en contenerse hasta que llegara el momento de correr. Yo lo sabía. En cierto sentido, podía ver su interior. Iba a hacer una carrera fabulosa y yo lo sabía. No hacía alardes ni relinchaba, tampoco se encabritaba ni armaba ningún escándalo, simplemente esperaba. Yo lo sabía y Jerry Tillford, su entrenador, también. Alcé la vista y aquel hombre y yo nos miramos a los ojos. Y entonces me ocurrió algo. Supongo que amaba a ese hombre tanto como al caballo porque sabía lo mismo que yo. Me pareció que en el mundo no había más que aquel hombre, el caballo y yo. Grité y a Jerry Tillford le brillaron los ojos. Luego me alejé hasta la valla para esperar la carrera. El caballo era mejor que yo, tenía mayor templanza y, ahora lo sé, también era mejor que Jerry. Estaba más tranquilo que ninguno y eso que era él quien tenía que correr.
Sunstreak llegó en primer lugar, claro, y pulverizó el récord mundial de la milla. Aunque nunca vea nada más, al menos habré visto aquello. Todo salió como yo esperaba. Middlestride se rezagó en la salida, partió de lejos y se acercó hasta el segundo puesto, tal y como sabía que iba a suceder. Algún día él también conseguirá un récord del mundo. En cuestión de caballos nadie gana a los de Beckersville.
Presencié la carrera con serenidad, porque sabía lo que iba a pasar. Estaba seguro. Hanley Turner, Henry Rieback y Tom Tumberton estaban todos más nerviosos que yo.
Me sucedió una cosa curiosa. Pensé en Jerry Tillford, el entrenador, y en lo feliz que era durante la carrera. Aquella tarde lo quise más de lo que jamás había querido a mi padre. Casi me olvidé de los caballos de tanto pensar en él. Fue a causa de lo que vi en sus ojos cuando estaba de pie junto a Sunstreak antes de la carrera. Yo sabía que Jerry Tillford había cuidado y entrenado a Sunstreak desde que no era más que un potrillo, le había enseñado a correr y a tener paciencia, cuándo debía soltarse y que no había que rendirse, jamás. Comprendí que la carrera representaba para él lo mismo que para una madre contemplar a su hijo en un acto de grandeza o valentía. Era la primera vez que yo sentía eso por un hombre.
Aquella noche después de la carrera me separé de Tom, Hanley y Henry. Quería hacer la mía y estar cerca de Jerry Tillford, si podía. Y esto es lo que sucedió.
La pista de Saratoga está cerca del límite de la ciudad. En ese lugar está todo reluciente, hay árboles de hoja perenne, césped, y lo tienen todo pintado y lustroso. Si se va más allá de la pista se llega a una carretera de asfalto para automóviles, y si se sigue esa carretera durante unas pocas millas hay un desvío que lleva hasta una granja de aspecto descuidado situada en medio de un campo.
Aquella noche caminé por esa carretera porque había visto a Jerry y a algunos otros tomando aquel camino en un automóvil. No esperaba encontrarlos. Caminé un tramo y luego me detuve en una valla a pensar. Esa era la dirección que habían tomado. Quería estar lo más cerca posible de Jerry. Sentía que estaba cerca. Casi al momento tomé por el desvío —no sé por qué— y llegué a aquella extraña granja. Sentía la soledad de no ver a Jerry, igual al deseo de un niño que por la noche quiere ver a su padre. Justo entonces apareció un automóvil y tomó la curva. En él iban Jerry y también el padre de Henry Rieback y Arthur Bedford, de nuestro pueblo, Dave Williams y otros dos hombres que yo no conocía. Salieron del coche y entraron en la casa, todos excepto el padre de Henry Rieback, que discutió con ellos y dijo que él no se metía allí. Eran solo las nueve de la noche pero estaban todos borrachos y resultó que la granja era un antro de mujeres de mala vida. Eso es lo que era. Me acerqué con sigilo al cercado, miré por la ventana y observé.
Y eso fue lo que me puso mal. No consigo entenderlo. Las mujeres de la casa eran todas feas, malhumoradas, no daban ganas de mirarlas ni de estar con ellas. Además eran poco agraciadas, excepto una que era alta y se parecía un poco al castrado Middlestride, pero no tan limpia y con una boca fea y severa. Tenía el cabello rojo. Lo veía todo con claridad. Me encaramé a un viejo rosal junto a una ventana abierta y miré. Las mujeres llevaban vestidos sueltos y estaban sentadas en sillas repartidas por la habitación. Los hombres entraron y varios se sentaron en la falda de las mujeres. El lugar olía a podrido y la conversación era también un asco, el tipo de charla que un chico puede escuchar cerca de los establos en una ciudad como Beckersville en invierno pero que jamás espera oír cuando hay mujeres. Era asqueroso. Un negro jamás hubiera entrado en un lugar como aquel.
Miré a Jerry Tillford. Ya les he contado lo que sentía por él tras haber comprendido que también él sabía lo que pasaba por la mente de Sunstreak un minuto antes de que lo llevaran a la salida de la carrera en la que batió un récord mundial.
Jerry presumía en aquel antro de malas mujeres como sé que jamás Sunstreak lo habría hecho. Decía que él había formado a aquel caballo, que era él quien había ganado la carrera y había batido un récord mundial. Mentía y se pavoneaba como un loco. Nunca oí palabras más estúpidas.
Y entonces, ¿qué imaginan que hizo? Miró a la mujer que estaba allí, la delgada de boca severa que se parecía un poco al castrado Middlestride, pero que no era tan limpia como él, y sus ojos comenzaron a brillar igual que habían brillado cuando me miró a mí y luego miró a Sunstreak aquella tarde en los corrales de la pista. Me quedé en la ventana —¡caray!— pero ojalá no me hubiera alejado de la pista ni de los chicos, los negros y los caballos. La alta y marchita mujer estaba entre nosotros al igual que Sunstreak aquella misma tarde, en los corrales.
Entonces, en ese preciso instante, comencé a odiar a aquel hombre. Me dieron ganas de irrumpir en la habitación y de matarlo allí mismo. Jamás me había sentido así. Estaba tan fuera de mí que lloraba, y cerraba los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaban en la piel.
Y los ojos de Jerry seguían brillando, y se mecía adelante y atrás, y entonces besó a aquella mujer y yo me largué con sigilo y regresé a las pistas y a la cama y casi no dormí nada. Al día siguiente convencí a los chicos para que regresáramos a casa y nunca les conté nada de lo que vi.
Desde entonces no dejo de pensar en ello. No logro entenderlo. Vuelve a ser primavera, estoy a punto de cumplir dieciséis años y por la mañana voy a las pistas como siempre, veo correr a Sunstreak y a Middlestride y a un potro nuevo llamado Strident que apuesto los va a superar a todos, aunque nadie lo crea salvo yo mismo y dos o tres negros.
Pero las cosas son distintas. En las pistas el aire ya no sabe tan bien, ya no huele tan bien. Y es porque un hombre como Jerry Tillford, que sabe lo que hace, pudo ver correr a un caballo como Sunstreak y besar a una mujer como aquella el mismo día. No logro entenderlo. ¡Que lo zurzan! ¿Por qué habrá querido actuar así? No dejo de pensar en ello y eso me arruina la contemplación de los caballos, el olor de las cosas, la risa de los negros y todo lo demás. A veces me enfado tanto que me dan ganas de pelearme con alguien. Me pone enfermo. ¿Por qué lo hizo? Quiero saber por qué.

1 comentario:

  1. Muy buen cuento, ese asunto sublime y espiritual en el ritual del juego, ganar se convierte en la sublimación del acto heroíco desde la visión de un joven que no ha descubierto las lindes de la sexualidad adolescente.

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