«MANZANAS ROJAS Y BRILLANTES» - RAYMOND CARVER


... el siguiente relato fue escrito por Raymond Carver en 1967, cuando trabajaba como conserje nocturno en el hospital del Sacramento State Collage. Apareció publicado en Gato Magazine, n° 1, y es el único texto de carácter experimental que intentó Raymond Carver. Está traducido por Jaime Priede y aparece incluido en Sin heroísmos, por favor (Bartleby Editores).
En un penoso entorno familiar, el relato muestra dos tipos de realidades: en la primera mitad del cuento aparece la realidad del contexto donde transcurre la acción, y en la segunda mitad la "realidad" de la mente, enfebrecida y peligrosa, de Rudy, el protagonista. Pero, ¿cuál es más real?...


MANZANAS ROJAS Y BRILLANTES

“No puedo hacer aguas, mami”, dijo el Viejo Hutchins saliendo del baño con lágrimas en los ojos.
“Abróchate la bragueta, pa”, gritó Rudy. El viejo hizo un gesto de rabia con la mano. Saltó de la silla y buscó el boomerang. “¿Has visto mi boomerang, ma?”
“No, no lo he visto”, dijo Mamá Hutchins con paciencia. “Pórtate bien, Rudy, mientras ayudo a tu pa. Ya le has oído, no puede orinar. Pero abróchate la bragueta, papi, como dice Rudy”.
Suspirando, el Viejo Hutchins hizo lo que le decía. Mamá Hutchins se acercó con mirada preocupada. Las manos en el mandil.
“Es lo que me dijo el Dr. Porter que me pasaría, mami”, dijo el Viejo Hutchins dejándose caer de espaldas contra la pared como si se fuera a morir en aquel instante. “Un día te levantarás y no podrás hacer aguas”.
“¡Cállate!”, gritó Rudy. “¡Todo el día hablando, hablando y hablando! ¡Ya estoy harto!”.
“Cálmate, Rudy”, le dijo Mamá Hutchins con un hilo de voz mientras se iba un paso o dos hacia atrás con el Viejo Hutchins en brazos.
Rudy pateaba arriba y abajo el suelo de linóleo de la sala escasamente amueblada pero limpia. Metía y sacaba las manos en los bolsillos y le lanzaba miradas amenazantes al Viejo Hutchins, que se balanceaba flácidamente en los brazos de Mamá Hutchins.
En aquel instante llegó de la cocina un apetitoso olor a tarta de manzana recién hecha. Rudy se pasó la lengua por los labios y se acordó, a pesar del enfado, de que era hora de comer algo. De vez en cuando miraba por el rabillo del ojo a Ben, sentado en su silla de roble cerca de la máquina de coser a pedales. Pero Ben no levantaba la vista de su ejemplar de Restless Guns.
Rudy no le entendía. Seguía vagando por la sala. De vez en cuando golpeaba una silla o rompía una lámpara. Mamá Hutchins y el Viejo Hutchins intentaban llegar al baño. Rudy se detuvo de repente y les miró fijamente. Luego miró a Ben otra vez. No podía entender a Ben. No entendía a ninguno, pero a Ben menos que a los otros dos. A veces le apetecía prestarle un poco de atención, pero Ben siempre tenía la nariz metida en un libro. Ben leía a Zane Grey, Louis L´Amour, Ernest Haycox, Luke Short. Ben pensaba que Zane Grey, Louis L´Amour y Ernest Haycox estaban bien, pero no eran tan buenos como Luke Short. Pensaba que Luke Short era el mejor de todos. Había leído sus libros cuarenta o cincuenta veces. Tenía que matar el tiempo de algún modo. Hacía ya siete u ocho años que se había caído podando árboles para la Pacific Lumber y tenía que pasar el rato de algún modo. Sólo podía mover la parte superior de su cuerpo, así que también había perdido agilidad, rapidez de movimientos. No había pronunciado una sola palabra desde el día de la caída. Hasta entonces había sido un chico tranquilo, no molestaba a nadie. “Sigue sin molestar”, decía la madre cuando le preguntaban. Tranquilo como un ratón y necesitando muy poca cosa.
Además, a principios de cada mes, Ben recibía una pequeña pensión como discapacitado. No mucho, pero lo suficiente para vivir todos. El Viejo Hutchins dejó de trabajar cuando empezó a llegar el cheque. No le gustaba su jefe, eso es lo que dijo. Rudy nunca se fue de casa. Tampoco terminó los estudios. Ben sí, pero Rudy lo había dejado. Ahora tenía miedo de que lo reclutaran. La idea de ser alistado le ponía nervioso. No podía soportarlo. Mamá Hutchins había sido siempre ama de casa. No era muy inteligente pero sabía bien cómo llegar a fin de mes. No obstante, si se veían apretados, iba a la ciudad con una buena caja de manzanas a la espalda y las vendía frente a la farmacia Johnson a diez centavos. El señor Johnson y sus empleados la conocían y siempre les daba una manzana roja y brillante que frotaba con el borde del vestido.
Rudy empezó a dar violentas cuchilladas de un lado a otro. El cuchillo zumbando en el aire. Parecía haberse olvidado de la vieja pareja que se agachaba en el pasillo.
“No te preocupes más, cariño”, le decía débilmente Mamá Hutchins al Viejo Hutchins. “El doctor Porter te pondrá bien. Una operación de próstata es algo habitual, se hacen muchas todos los días. Mira a McMillian, el Primer Ministro. ¿Recuerdas al Primer Ministro McMillian, papi? Cuando era Primer Ministro y se operó de próstata se puso bien en poco tiempo, muy poco. Así que arriba ese ánimo, porque...”
“¡Cállate, cállate ya!” Rudy hizo una embestida con el cuchillo para asustarlos, pero ellos retrocedieron. Afortunadamente, Mamá Hutchins tuvo fuerza suficiente como para llamar con un silbido a Yeller, un perro grande y desgreñado que rápidamente entró en la casa por el porche trasero y se abalanzó sobre Rudy, empujándolo hacia atrás.
Rudy retrocedió despacio, asustado por la forma de respirar del perro. Al pasar caminando de espaldas por la salita cogió de la mesa el objeto más querido del Viejo Hutchins, un cenicero hecho con la pezuña de un arce, y lo arrojo al jardín.
El Viejo Hutchins perdió los nervios y empezó a llorar otra vez. Desde hacía un mes Rudy no paraba de meterse con él y tenía los nervios destrozados, aunque nunca los había tenido muy bien.
Esto es lo que había pasado: el Viejo Hutchins estaba tomando un baño cuando Rudy entró a hurtadillas y le arrojó el fonógrafo a la bañera. Pudo haber sido grave, incluso fatal, si con las prisas Rudy no hubiera olvidado conectarlo. Así y todo, el Viejo Hutchins había recibido un fuerte golpe en su muslo derecho cuando el fonógrafo voló desde la puerta abierta. Ocurrió justo después de que Rudy hubiera visto una película en la ciudad titulada Goldfinger. Ahora nadie bajaba la guardia en ningún momento, especialmente cuando Rudy se acercaba a la ciudad. A saber lo que se le podía ocurrir viendo una película. Era muy impresionable “Está en una edad muy impresionable”, le decía Mamá Hutchins al Viejo Hutchins. Ben nunca decía nada, ni a favor ni en contra. Nadie podía llegar a Ben. Ni siquiera su madre, Mamá Hutchins.
Rudy se encerró en el establo el tiempo suficiente como |para zamparse media tarta. Encabestró a Em, su camella favorita. La sacó por la puerta de atrás atravesando tranquilamente la intrincada red de trampas, hoyos tapados y cepos. Una vez en terreno despejado, tiró de la oreja de Em y le ordenó arrodillarse. Montó y se fue.
Se alejó por detrás de la casa y subió las colinas cubiertas de artemisa. Se detuvo en un pequeño saliente para mirar la casa familiar. Le hubiera gustado tener a mano dinamita y un detonador para borrarla de la faz de la tierra, como había hecho Lawrence de Arabia con aquellos trenes.
Le molestaba simplemente el verla, la hacienda familiar. Todos estaban locos allí abajo. No se les echaría de menos. ¿Los echaría de menos él? No, no los echaría de menos. Aún le quedarían las tierras y las manzanas. Al diablo también con las tierras y las manzanas. Le hubiera gustado tener un poco de dinamita.
Guió a Em hacia el arroyo seco. Con el sol pegado a la espalda, trotó hasta el final del cañón. Se detuvo, desmontó y tras una roca destapó la lona que cubría el gran revólver Smith & Wesson, el poncho y el sombrero. Se vistió y metió el revólver por el cinturón. Se le cayó. Lo metió otra vez y se le cayó de nuevo. Entonces decidió llevarlo en la mano, aunque pesaba bastante y era complicado guiar a Em. Exigía mucha destreza por su parte, pero pensaba que podría hacerlo, que sería capaz.
De vuelta en la granja, dejó a Em en el establo y se dirigió a la casa. Vio el cenicero de pezuña de arce todavía en el jardín con unas pocas moscas volando por encima. Se rió despectivamente: el viejo no se había atrevido a salir para cogerlo. Tuvo una idea.
Irrumpió en la cocina. El Viejo Hutchins, sentado tranquilamente a la mesa de la cocina, sorbía su café con leche y se quedó pasmado mirándole. Mamá Hutchins estaba metiendo otra tarta de manzana en el horno.
“Manzanas, manzanas, manzanas”, chilló Rudy en un ataque de ira seguido de una risa nerviosa. Blandía su colt 45 en el aire. Los empujó hasta la sala. Ben alzó la vista con una ligera muestra de interés y luego volvió a su libro. Era Rawhilde Trail, de Luke Short.
“Eso es”, dijo Rudy levantando la voz. “Eso es, eso es, eso es”.
Casi como si esperara un beso, Mamá Hutchins se mordió un labio intentando llamar a Yeller, pero Rudy se reía dando alaridos. Apuntó a la ventana con el cañón de su Winchester. “Ahí está Yeller”, dijo. Mamá Hutchins y el Viejo Hutchins se acercaron y vieron a Yeller corriendo por el huerto con el cenicero en la boca. “Ahí está tu viejo Yeller”, dijo Rudy.
El Viejo Hutchins empezó a gemir cayéndose de rodillas. Mamá Hutchins se agachó echándole una mirada de súplica a Rudy. Rudy, que estaba a unos cuatro pies de ellos, a la derecha del escabel rojo.
“Rudy, no vas a hacernos nada, querido, luego te arrepentirías. No vas a hacernos daño ni a tu pa ni a mí, ¿verdad?”
“No es mi padre, no lo es, no lo es y no lo es”, dijo Rudy moviéndose por la sala y mirando a Ben de vez en cuando, que no se había vuelto a mover.
“No digas que no lo es, Rudy”, le reprochó suavemente Mamá Hutchins.
“Hijo”, le dijo el Viejo Hutchins dejando de suspirar, “¿verdad que no harías daño a un pobre viejo inválido y enfermo?”
“Resopla, resopla otra vez y te resoplo yo”, le dijo Rudy balanceando el cañón recortado del calibre 38 bajo la nariz respingona del Viejo Hutchins. “Te diré lo que voy a hacer contigo”. Se movía de lado a lado, como columpiándose. Luego volvió a caminar por la sala, “No, no voy a dispararte, sería demasiado bueno para ti”. Pero disparó una ráfaga hacia la pared de la cocina para demostrarles que dominaba la situación.
Ben alzó la vista del libro. Tenía una expresión tierna e indolente. Miró fijamente a Rudy como si no lo reconociera. Luego volvió al libro. Estaba en una elegante habitación del hotel The Palace en Virginia City. Abajo le esperaban tres o cuatro hombres en el bar para ajustar cuentas, pero ahora iba a darse tranquilamente el primer baño desde hacía tres meses.
Rudy vaciló un momento. Luego miró alrededor, nervioso. Sus ojos se posaron en el gran reloj de cuerda que llevaba siete años en la familia. “¿Ves el reloj, ma? Cuando la manecilla grande se ponga encima de la pequeña habrá una explosión. ¡Bumm! Saltará todo por los aires”. Dio un brinco hasta la puerta y saltó al porche.
Se sentó apoyado en un manzano a unos cien metros de la casa. Iba a esperar hasta que aparecieran todos por el porche: Mamá Hutchins, el Viejo Hutchins e incluso Ben. Allí los tres con las pocas pertenencias que quisieran salvar. Ya se las quitaría luego. Hizo un barrido con su telescopio, enfocando la ventana, una silla de mimbre, un tiesto agrietado secándose al sol en uno de los peldaños. Suspiró profundamente y se sentó a esperar.
Esperó y esperó, pero no aparecían. Una pequeña bandada de codornices de California rondaba el huerto, posándose de vez en cuando para picar una manzana del suelo o buscar en el suelo alrededor del árbol un sabroso gusano. Se quedó mirándolas y se olvidó del porche. Se tumbó tras el árbol, casi sin respirar. Las codornices no le veían y se acercaban cada vez más, hablando entre ellas mientras picaban las manzanas o escrutaban el suelo. Se inclinó hacia delante con la mano en la oreja para escuchar lo que se decían. Las codornices hablaban de Vietnam.
Esto era ya demasiado. Es posible que pegara un grito. Dio una palmada y las espantó. Ben, Vietnam, las manzanas, la próstata: ¿Qué sentido tenía?, ¿había alguna conexión entre Marshall Dillon y James Bond?, ¿entre Oddjob y el Capitán Easy? Y si fuera así, ¿cómo podría relacionarlo todo Luke Short?, ¿y Ted Trueblood? La cabeza le daba vueltas.
Con una mirada desamparada al porche vacío, se metió en la boca el doble cañón recientemente pavonado del calibre 12.

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