sábado, 5 de enero de 2013

«LA PIEZA RARA» - ROBERT WALSER


... La pieza rara es un relato breve de Robert Walser, traducido por Juan José del Solar e incluido en el volumen Vida de poeta (Editorial Alfaguara)...




Conozco a un escritor que, tras varias semanas de esforzarse inútilmente por dar con algún tema apropiado, tuvo al final la divertida idea de organizar un viaje de exploración debajo de su cama.
El resultado de la temeraria y peligrosa empresa fue, no obstante, como hubiera podido predecírselo todo el que la hubiera intentado, igual a cero.
Desilusionado y sin ánimos, nuestro emprendedor espíritu tuvo que levantarse otra vez del suelo sobre el que se había echado, lamentando vivamente no haber descubierto el más leve indicio de un tema interesante y digno de mención.
«¿Y ahora qué hago? ¿Cómo, Dios mío, me ganaré en el futuro el mezquino y frugal pan cotidiano?», preguntóse lleno de angustia y de preocupación.
Y mientras cavilaba de este modo, buscando cómo salir de las tinieblas espirituales que lo rodeaban por todas partes, vio de pronto, ante sus narices, un espectáculo tan insólito e interesante como nunca hubiera osado esperar que vería en su vida.
En la pared gris, negra y cubierta de moho, había un viejo clavo herrumbroso del que colgaba un paraguas.
—¡Pero qué veo! —exclamó el entusiasmado escritor en voz alta y muy contento—. ¡Es increíble! ¡Por la inmortalidad de mi alma que he encontrado el más bello y sugerente de los temas!
Sin detenerse a reflexionar un solo instante ni darse tiempo para rascarse debidamente la cabeza —cosa que solía hacer muy a gusto siempre que se ponía a trabajar—, se acercó al escritorio, se sentó, cogió con fervor la pluma y escribió rápidamente lo que sigue:
«He visto algo inaudito, algo extraordinario en su género.»
»No tuve que ir muy lejos. La rareza estaba cerquísima.
»Me hallaba en mi habitación, pensativo, cuando de pronto vi algo harto de la vida que colgaba de algo cansado de vivir.
»Era un viejo clavo cansado que colgaba ya casi fuera de su agujero, incapaz de sostenerlo, y del que a su vez colgaba un paraguas igualmente viejo y desgastado.
»Ver cómo un objeto viejo y pesaroso se aferraba a otro objeto viejo y pesaroso, ver y observar cómo un ser caduco colgaba de otro ser caduco como dos mendigos que se abrazaran en su fría y desesperanzada desolación, a fin de perecer muy juntos los dos, listos para morir en cualquier momento.
»Ver cómo una cosa débil servía de apoyo en su debilidad a otra cosa débil, antes de colapsar definitivamente en su propia impotencia, y cómo un objeto lamentable, en su deplorabilísima condición de objeto lamentable, ofrecía un ínfimo apoyo a otro no menos lamentable, al menos hasta que le llegase el final también a él: todo aquello me conmovió y emocionó profundamente, y no he vacilado en anotarlo aquí».
El escritor se detuvo. Mientras escribía, la mano se le había endurecido por el frío, pues no tenía suficiente dinero para poder calentar la habitación.
Fuera, las calles de la capital eran barridas por un gélido viento de diciembre. Nuestro escritor contempló mecánicamente lo que había escrito, apoyó la cabeza en su mano y suspiró.

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