jueves, 17 de enero de 2013

LA LECTURA DE JEAN PIERRE


... por lo general, y por una cuestión de pudor, no me gusta publicar aquí las opiniones que otros vierten sobre la obra de uno mismo. Hoy, sin embargo, haré una excepción con la reseña que un desconocido Jean Pierre hizo sobre La jaula. 
Jean Pierre es un preso del penal de Aiton (Francia), no muy lejos de Chambéry. Ignoro los motivos por los que está encerrado, como también desconozco cuánto tiempo tendrá que pasar allí. A decir verdad, no sé nada de nada sobre Jean Pierre, pero intuyo que es un ávido lector y que, gracias a la labor impagable de esos pequeños clubes de lectura (como el Club hispanista de lectura "Punto y aparte" del Festival de Chambéry), La jaula fue a caer entre sus manos. Puedo imaginar la escena: un presidiario leyendo, dentro de la jaula que es su propia prisión, una novela que va sobre un preso, Bastián Bastián, encerrado en una extraña cárcel, circular y de puertas abiertas, donde los internos son observados todo el tiempo.
A través del análisis que hace, observo que Jean Pierre ha entendido perfectamente toda la simbología que subyace en La jaula, donde, en realidad, más que de cárceles físicas de lo que se habla es de otras cárceles más sutiles: el trabajo, la escuela, la sociedad...
Como autor, lo que me parece realmente interesante de todo este asunto, y es lo que creo que hace grande el oficio de escribir, es la posibilidad de haber podido conectar con él y ver así reconocidas las horas de solitario y silencioso trabajo que empleé en la escritura de La jaula.
En cuanto a ese lector desconocido llamado Jean Pierre, me pregunto hasta qué punto se habrá podido sentir identificado con Bastián Bastián o con cualquiera de los otros reclusos. Solo espero que, como ocurre en la novela, la lectura le haya permitido estar, al menos por unas horas, al otro lado del muro.
La publicación aquí de su reseña, escrita por él en español y que me ha llegado gracias al savoir faire del Festival du Premier Roman de Chambéry, es mi agradecimiento a las horas que dedicó a mi libro...

            «Como José K., en el Proceso de Kafka, Bastián Bastián, el protagonista de La jaula, desconoce los motivos de su encarcelación. La cárcel a donde viene a parar está ubicada en un inmenso desierto azotado por un sol de justicia. El calor es agobiante y la arena que pisan los reclusos se pone al rojo vivo durante el día. Pero lo más extraño es que esa cárcel no tiene puertas ni barrotes, y aunque está abierta, nadie piensa en escapar: "Ya te he dicho que no conozco ningún caso." asegura Aldo. No hay guardias, y los presos que hacen de vigilantes no llevan armas. Parece que se ha logrado infundir en el ánimo de los internos tal respeto hacia la ley consuetudinaria que se puede prescindir de la fuerza: "Nadie había advertido a Bastián de que dar agua a un penado estuviera prohibido, tampoco estaba escrito en ningún papel, en ningún muro. No era necesario, he ahí la eficacia del sobrentendido, la ley del silencio". Se estableció, en aquel centro, una rutina a la que todos se atienen, levantándose al son de la campana por la mañana, yendo a trabajar al taller donde manufacturan sin parar muñecas en cadena para conseguir el abastecimiento que los alimenta. Así la vida transcurre casi siempre idéntica y sin incidentes: "Todo recluso debe ser policía de sí mismo y de los demás".
            Cuando, al final, Bastián optará por salir del penal y caminar todo recto, se dará cuenta que su compañero Aldo no le engañaba al decirle "Ahí fuera no hay nada". Descubrirá que el presidio se encuentra en una isla desierta de donde nadie puede salir. Y volverá al mundo tranquilizador de la cárcel.
            Así como en el penal "cada uno tenía su propia versión de los hechos", cada cual dará su interpretación de esta novela enigmática y apasionante. Uno puede leerla como un relato de aventuras: el descubrimiento del mundo carcelario, la fuga de Bastián, su regreso a la prisión, seguimos con interés el desarrollo de una intriga bien construida. Pero el funcionamiento tan peculiar de ese presidario nos invita a una lectura menos prosaica de las peripecias experimentadas por Bastián. La autodisciplina y la resignación de los reclusos, la crueldad del sistema penitenciario, la ausencia de porvenir y la imposibilidad de alcanzar el fin de la reclusión ("¿Deben tener término las penas?", se pregunta Fierro) levantan sospechas de que nos encontramos ante una visión metafórica. Pero es tal la riqueza de la narrativa que se puede decodificar según múltiples pautas. ¿Símbolo de la vida humana? ¿Alegoría de la culpabilidad? ¿Metáfora del infierno? Todas esas interpretaciones funcionan sin restarle un ápice al encanto de un relato poético.
            La temática carcelaria da al autor la oportunidad de plantear interrogantes sociales y metafísicos. Cuando Bastián se pregunta: "¿A cuento de qué meter a un loco en una cárcel y no en un manicomio?", alude a un problema que nunca ha logrado solventar nuestra sociedad. Cuando Fierro apunta en su diario: "Que prevalezca el orden antes que la justicia", reanuda con una alternativa que en su tiempo zanjó Goethe. Y cuando Aldo confiesa: "Soy un viejo que lleva aquí mucho tiempo, demasiado. El olvido, como el viento, ha ido devastándolo todo en el interior de mi cabeza; ni siquiera sé dónde nací o si Aldo es mi verdadero nombre, mucho menos el motivo que me trajo a esta prisión. Lo único que recuerdo son detalles pequeños, inconexos, que no sirven para nada”, ¿habla de la cárcel o de la vida? Cuando Bastián comenta la confesión de Fierro: "Cómo había perpetrado el asesinato o el número de víctimas eran detalles sin la menor importancia; lo realmente esencial era asumir la responsabilidad del hecho, el declararse culpable. Ese reconocimiento lo investía de autoridad moral en un lugar como aquel, donde todos los reclusos, sin excepción, disponían de una coartada”, parece que trata tanto de la culpabilidad del asesino como de la responsabilidad de cualquier ser humano. Y, al hablar de libertad, Bastián nos proyecta más allá de los muros de la cárcel: "A decir verdad, reflexionó, cuando alguien escribe, ¿es realmente libre?, ¿acaso se es libre alguna vez?" ¿También nosotros, no soñamos acaso con una sociedad ideal como la que describía Fierro en sus cuadernos: "Con frecuencia, Fierro se refería a una sociedad ideal que definía lo que debía ser considerado delito en función de sus propios intereses. En ella las relaciones entre sus habitantes vendrían dadas por contratos: “El hombre acepta las leyes de la sociedad, incluso aquellas que pueden castigarlo". Cuando Fierro hablaba de aquella sociedad se refería a la penitenciaría en su conjunto, pero también a otro tipo de sociedad, la de la ciudad, aquella que les era tan distante como ajena”? La conformidad con la que los presos aceptan su absurda detención y el modo de vida que se les impone ¿no se parece al fatalismo con el cual nos conformarnos con las normas de una sociedad cuya finalidad se nos escapa? Mirándolo bien, ¿no es nuestro vivir una condena que acabamos aceptando con el mismo fatalismo que los compañeros de Bastián?: "Los que llevamos más tiempo sabemos que jamás saldremos. Por extraño que pueda parecer, eso nos tranquiliza.”
            Finalmente, es Fierro quien saca la conclusión filosófica de aquella deriva de una nave de Iocos: “Tú, yo — prosiguió — algún día nosotros tampoco estaremos aquí. Estos muros seguirán en pie y el viento continuará soplando. Nadie nos recordará. Tantas ganas de vivir; tanto afán por trascender, todo ese esfuerzo por conocer, por hacer... y luego..."
            Escrita con elegancia, esta novela fascinante y desasosegante da mucho que cavilar y reflexionar. Sus personajes quedan grabados en la memoria y no dejan de formularnos unas preguntas esenciales.

Jean Pierre

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