lunes, 6 de agosto de 2012

"SI UNA NOCHE DE INVIERNO UN VIAJERO" (1) - ITALO CALVINO


A continuación, unos fragmentos de Si una noche de invierno un viajero (Ediciones Siruela), esa novela-juego de Italo Calvino que en realidad son diez novelas:

«Las novelas largas escritas hoy acaso sean un contrasentido: la dimensión del tiempo se ha hecho pedazos, no podemos vivir o pensar sino fragmentos de metralla del tiempo que se alejan cada cual a lo largo de su trayectoria y al punto desaparecen. La continuidad del tiempo podemos encontrarla sólo en las novelas de aquella época en la cual el tiempo no aparecía ya como inmóvil y no todavía como estallando, una época que duró más o menos cien años, y luego se acabó»

«Bastan esos ojos un poco pesados y un poco acuosos para darme a entender que el drama que ha habido entre ellos no ha acabado aún: él sigue viniendo todas las noches a este café para verla, para dejarse abrir de nuevo la vieja herida, y quizá para saber quién es el que la acompaña a casa esta noche; y ella viene todas las noches a este café quizá aposta para hacerlo sufrir, o quizá esperando que el hábito de sufrir se vuelva para él un hábito como cualquier otro, adquiera el sabor de la nada que le empasta la boca y la vida desde hace años»

«—Y todos los miércoles la damisela perfumada me da un billete de cien coronas para que la deje sola con el detenido. Y el jueves las cien coronas se han ido ya en cerveza. Y cuando ha terminado la horade la visita la damisela sale con el tufo de la prisión en su traje elegante; y el detenido vuelve a la celda con el perfume de la damisela en sus ropas de presidiario. Y yo me quedo con el olor a cerveza. La vida no es más que un intercambio de olores.
—La vida y también la muerte, puedes jurarlo —terció otro borracho, cuya profesión era, como me enteré en seguida, sepulturero. —Yo con el olor a cerveza trato de quitarme de encima el olor a muerto. Y sólo el olor a muerto te quitará de encima el olor a cerveza, como a todos los bebedores a quienes me toca cavarles la fosa.
He tomado este diálogo como una advertencia a estar en guardia: el mundo se va deshaciendo e intenta arrastrarme en su disolución»

«—Hay una línea fronteriza: a un lado están los que hacen los libros, al otro los que los leen. Yo quiero seguir siendo una de las que leen, por eso tengo cuidado de mantenerme siempre al lado de acá de esa línea. Si no, el placer desinteresado de leer se acaba, o se transforma en otra cosa, que no es lo que yo quiero. Es una línea fronteriza aproximada, que tiende a borrarse: el mundo de los que tienen que ver profesionalmente con los libros está cada vez más poblado y tiende a identificarse con el mundo de los lectores. Cierto que también los lectores se vuelven más numerosos, pero se diría que los que usan los libros para producir otros libros crecen más que aquellos a quienes les gusta leer libros, sin más. Sé que si cruzo esa frontera, aunque sea ocasionalmente, por casualidad, corro el riesgo de confundirme con esa marea que avanza; por eso me niego a poner los pies en una editorial, ni siquiera unos minutos»

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