lunes, 31 de octubre de 2011

"QUERIDÍSIMOS VERDUGOS" - BASILIO BARTÍN PATINO

Publicado por Javier Serrano en La República Cultural:
http://www.larepublicacultural.es/article4823.html

Ubi est mors victoria tua? (¿Dónde está, muerte, tu victoria?)
Queridísimos verdugos es un documental rodado de manera clandestina durante los últimos años del franquismo por el salmantino Basilio Martín Patino, autor de películas interesantes y comprometidas (Nueve cartas a Berta, Canciones para después de una guerra, Octavia, Caudillo…), si bien (para desgracia de todos) no siempre merecedoras del gusto del público. La película está inspirada en el libro Los verdugos españoles, de Daniel Sueiro, cuya obra ha sido también venero para otros cineastas, como Carlos Saura, Mario Camus o Juan Antonio Bardem. Queridísimos verdugos nos sumerge en las vidas de tres de los últimos verdugos españoles, o más bien "ejecutores de sentencias", como prefieren ser llamados. Hagamos un poco de historia:

El pacense Antonio López Sierra (el Corujo) fue el verdugo titular en la Audiencia Territorial de Madrid entre los años 1949 y 1975. Se dice que es el responsable (o tal vez habría que decir que le han cargado el muerto) de una veintena de ejecuciones. Pese a ser un "administrador de justicia", su pasado, como su profesión, es más bien oscuro: soldado del ejército nacional durante la Guerra Civil española, empleado de matadero, estraperlista, contrabandista y voluntario de la División Azul. Entre otros trabajos, fue el ejecutor, el 2 de marzo de 1974, de Salvador Puig Antich.

El también natural de Badajoz y amigo del anterior, Vicente López Copete, fue verdugo titular de las Audiencias Territoriales de Barcelona, Aragón y Navarra entre los años 1953 y 1974. Antes de dedicarse profesionalmente a aplicar la justicia se ocupaba, junto al anterior, de recorrer las ferias vendiendo caramelos y perpetrando pequeñas estafas.

El tercero de este lúgubre trío de «agentes especiales » es el sevillano Bernardo Sánchez Bascuñana. Verdugo titular de la Audiencia Territorial de Sevilla entre los años 1949 y 1972, se le atribuye la muerte de 17 reos, que fueron «traspasados a la eternidad» (según su propia jerga) en Andalucía y Extremadura. Poeta de enfático declamar era también un hombre muy religioso. Se dice que antes de ejecutar al reo se interesaba por su caso y por el estado de su familia. Bernardo es el más veterano de los tres y el que con su savoir faire inició en el noble oficio a los otros dos.

En la película los tres verdugos se reúnen y, como suele ocurrir en las reuniones de compañeros de trabajo, terminan hablando, ante la cámara y con total desenvoltura, precisamente de eso, del trabajo: sobre su profesión (detalles técnicos incluidos), sobre la Justicia, sobre la pertinencia o no de la pena de muerte, sobre el garrote vil… Lo sorprendente es que lo hacen mientras se están poniendo hasta arriba de comida y de vino, en el interior de una bodega repleta de barriles o en la terraza de un restaurante, sin que el tema de la conversación les quite un ápice de su voraz apetito, de su insaciable sed. De hecho, hacia el final de la película, los ejecutores parecen estar bastante borrachos. La charla se ve salpicada de vez en cuando por algún poema de Bernardo, ese poeta de la muerte al que los otros dos reconocen su magisterio.

El aspecto de los tres protagonistas no puede ser más vulgar; coloquial, su manera de hablar. Lo que hace que estos tipos tan comunes sean interesantes a ojos del espectador es precisamente su oficio: matar personas. Conocida esta circunstancia es cuando hasta el más mínimo de sus gestos se nos antoja inquietante, y no deja de sorprender que hombres tan cotidianos, que tienen familias, sean capaces de hacer, con sus propias manos, lo que hacen. Esto resulta aun más perturbador al saber que estos "administradores de justicia" no siempre estuvieron del lado bueno de la ley. Idéntica atracción/repulsión es la que parece sentir el resto de la sociedad: pese a lo "necesario" de su trabajo, nadie quiere tener tratos con semejantes hombres, hasta el punto de ser tan despreciables como las personas a las que ellos mismos ajustician.

En otros fragmentos de la cinta vemos a los ejecutores recorriendo algún lugar relacionado con los hechos, como si de detectives en plena búsqueda de pruebas se tratase, o como si ellos mismos tuviesen en sus manos la facultad de decidir sobre el bien y el mal.

La cinta está recorrida por los titulares de los periódicos de la época, en lo que constituye una auténtica crónica negra de aquellos tiempos, con asesinatos y delincuentes que han terminado por convertirse en clásicos: el Lute, el Jarabo…, y donde la expresión más repetida es la de «Sentencia cumplida». También aparecen testimonios de personajes implicadas de una manera u otra en la aplicación de la justicia: testigos, familiares, abogados, médicos expertos, empleados de prisiones… Si los crímenes de una sociedad describen también a esta sociedad, Queridísimos verdugos es un fresco, uno cutre y casposo, solanesco, infestado de religión malentendida, de represión, de rencor, de ignorancia y superstición, de «el que la hace la paga»… que retrata a la perfección la dictadura franquista. A los pobres familiares que les tocaba enfrentarse a la posible muerte del condenado, en las garras de verdugos tan groseros, solo les quedaba una última instancia: el indulto del mismísimo dictador, elevado así casi a la categoría de un dios.

Mención especial merece en la película nuestro particular y carpetovetónico instrumento de ejecución: el garrote vil. Si los crímenes definen a una sociedad, qué decir de las técnicas empleadas en los patíbulos. Bien ejecutado, dicen los protagonistas, el garrote vil no tiene por qué ser especialmente doloroso, "apenas unos segundos…". Eso sí, el cuerpo del reo se desmadeja después como lo haría un acordeón. Y todo esto suponiendo que la técnica haya sido bien ejecutada, no vaya a ocurrir como en el caso del Jarabo, quien no se sabe si por lo robusto de su cuello o por una mala factura de Antonio López Sierra, estuvo agonizando durante largo rato.

Con la frase «En memoria de tanto dolor» (en la que Basilio Martín Patino parece resumir su opinión sobre el tema), se cierra la película. La pena de muerte fue abolida en España en 1932, durante la Segunda República. Restablecida en octubre de 1934, para delitos de terrorismo y bandolerismo, estuvo siendo aplicada con una regularidad ejemplarizante en tiempos de la dictadura. Las últimas ejecuciones fueron las perpetradas contra dos miembros de ETA y tres del FRAP, fusilados el 27 de septiembre de 1975.

Otras películas españolas que abordan el tema son: El verdugo (1963), de Luis García Berlanga; La muerte de nadie (El enigma de Heinz Ches) (2004), de Joan Dolç, y Salvador (Puig Antich) ( 2006), de Manuel Huerga. En cuanto a la larga lista de víctimas de los tres protagonistas, verdadero y funesto CV, se puede consultar en Internet.

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