lunes, 19 de septiembre de 2011

"ME ACUERDO" - JAVIER SERRANO


121-Me acuerdo de todos los cines que había en mi barrio o cerca de él, a una distancia que se podía recorrer a pie. En aquella época, todo lo que no quedaba dentro de ese radio de acción, en la práctica no existía. Me acuerdo del nombre de esos cines y en lo que se convirtieron después: el Galaxia, que era el más cercano, en un hipermercado de la cadena Lidl; el San Remo, que hacía esquina, pasó a ser un salón de juego o un bingo, y luego un local de la cadena VIP´S; el cine Voz se quedó sin voz, convertido en un salón de bodas con mucho oropel en su fachada; y el Aragón, en una tienda de la cadena de ropa Sfera. Basta echar un vistazo para darse cuenta de que en mi barrio —en los barrios— ya no hay lugar para los sueños. Cualquier intento de acercamiento a la magia ha sido susitutuido por algo mucho más prosaico, también más banal, el consumo.

122-Me acuerdo del pueblo y de mi tío Antonio. En cierta ocasión nos enseñó —escena enternecedora— los gatitos que había parido una gata que había en su cuadra, no paraban de maullar, con los ojos todavía cerrados. Al día siguiente, o tal vez ese mismo día, cogió todos esos gatitos, los metió en un saco y jamás volvieron a maullar.

123-Me acuerdo de que, en el pueblo, un tal Loreto, al que mi hermano admiraba un montón, nos regaló un cachorro de perro, blanco y negro, precioso. Por fin teníamos perro, algo a lo que creo que aspira cualquier niño que se precie (no hacerlo supone haberse convertido en un niño-viejo). Lo dejamos durmiendo en el interior de una caja de zapatos. Al día siguiente amaneció muerto, con algo de sangre en el hocico. La versión oficial fue que se había muerto mientras dormía.

124-Me acuerdo de una mañana en que estaba corriendo por el parque de Los Pinos y un tipo, un adolescente con gafas, empezó a hacerme, a lo lejos, proposiciones sexuales. Al final, el tipo vino hacia mí, con paso muy decidido —en ese momento empecé a valorar seriamente la posibilidad de soltarle una hostia— y me gritó aquello de "¡Fóllame!". Sólo acerté a decirle, con una mezcla de nerviosismo y desprecio, lo de "¡maricón!", y seguí corriendo. Luego me enteré de que el parque de Los Pinos, como casi todos los parques, al caer el sol se llenaba de merodeadores y de mirones.

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