viernes, 26 de agosto de 2011

"SUEÑOS DE ÁCIDO" (7) - LOS ALEGRES PILLASTRES vs. LOS ÁNGELES DEL INFIERNO


Texto extraído de la página 166 del libro "Sueños de ácido" de Martin A. Lee y Bruce Shlain, Editorial Castellarte. Ken Kesey y los Alegres Pillastres, en su afán por difundir su particular religión lisérgica, ofrecen LSD a los temibles Ángeles del Infierno...

"A mediados de los 60 los Pillastres realizaron una serie de iniciaciones públicas, las Pruebas del Ácido Eléctrico, durante las cuales introducían al LSD a cientos de personas en una misma sesión. Se trataba de carnavales extravagantes con muchas cintas de vídeo, luces estroboscópicas intermitentes, improvisaciones en vivo de rock and roll a cargo de los Grateful Dead (los Muertos Agradecidos), vestimentas estrafalarias por doquier y baile.
El ejemplo definitivo del intento de Kesey de meter a todo el mundo en la película de los Pillastres, se producjo cuando inició al ácido a los Ángeles del Infierno, con mucho el grupo más vetusto y marginal. Kesey había contactado con ellos en Los Ángeles durante el verano de 1965, gracias a Hunter Thompson, el famoso Doctor de Gonzo, que entonces estaba escribiendo un libro sobre la banda de motoristas. Por algún motivo, quizá debido a su faceta proletaria, Kesey se fumó un porro con algunos de ellos y congeniaron enseguida. "Estamos en el mismo negocio, vosotros le rompéis la cabeza a la gente y y o les frío los sesos", les había dicho e invitó a sus nuevos amigos a una fiesta en La Honda. Los Pillastres se hicieron con ignentes cantidades de cerveza y tenieron un enorme cartel sbore el césped dando la bienvenida a los Ángeles del Infierno. La juerga iba a reunir a distintas especies: estaba la gente de Perry Lane, junto con Allen Ginsberg, Richard Alpert y numerosos intelectuales de San Francisco y Berkeley. Los Pillastres se prepararon para el encuentro como hacían siempre: tomando ácido. Los habitantes del pueblo lo hicieron apiñándose muy inquietos detrás de las puertas cerradas, mientras la policía salía a recibir a los visitantes con un escuadrón de diez coches y abundante munición.
Esta vez sí que la habían hecho buena. Una cosa era un grupo de bohemios colocados y otra muy distinta una banda de motoristas violentos. Incluso entre los Pillastres existían ciertas dudas acerca de sus invitados. El termómetro de la inquietud marcaba muchos grados cuando los Ángeles llegaron a La Honda rodeados de estruendo y con las chaquetas de cuero adornadas con calaveras y esvásticas. Pero una vez que se hubieron lanzado sobre la cerveza, la tensión descendió de manera notable. Con toda seguridad, los Pillastres eran el primer grupo marginal que aceptaba a los Ángeles. Para los muchachos de Kesey no eran más que compañeros proscritos con la misma intolerancia hacia la hipocresía o el compromiso. Se propagó una atmósfera de pacífica coexistencia y entonces se distribuyó ácido como sorpresa de la fiesta.
Contradiciendo los vaticinios y las funestas expectativas sobre una brutal carnicería ejecutada por asesinos espoleados por la droga, el LSD tornó a los motoristas bastante dóciles. Paseaban como entre nubes y se mezclaban con los radicales, los pacifistas y los intelectuales. Se acercaban a Allen Ginsberg, poeta neoyorquino y homosexual que cantaba el Hare Krishna y bailaba con los dedos llenos de címbalos, epítome de todo lo que despreciaban, y a los Ángeles les gustaba y todo. Menudo espectáculo. Los policías, aturdidos, permanecieron alejados del jardín con sus luces rojas centelleando entre los árboles. Con tantos Ángeles del Infierno con el cerebro afectado, los polis juzgaron más sensato mantener las distancias.
La fiesta de los Pillastres duró dos días y representó la apoteosis de los propósitos que había hecho al empezar el viaje en autobús en 1964. Habían superado el peor trauma de los intelectuales, el de la "vida auténtica". Después de la primera fiesta, los Ángeles permanecieron por los alrededores de la casa de Kesey durante seis semanas y asistieron as numerosas fiestas de los Pillastres. Su presencia aportó cierto voltaje que resultó inolvidable a los asistentes. Hunter Thompson escribió que si hubiera tenido la ocasión de repetir uno de sus viajes primerizos, hubiera escogido alguno de La Honda con la participación de los Ángeles del Infierno. "Había mucha electricidad en el ambiente. Si bien los Ángeles producían cierta zozobra, tambén contribuyeron a hacerlo más interesante... y mucho más vital que si se hubiera tratado de un experimento controlado o de una reunión edulcorada de descubridores de la verdad demasiado bien educados que iban a la búsqueda de la sabiduría en una cápsula. Viajar en ácido con los Ángeles del Infierno fue una auténtica aventura. Eran demasiado ignorantes para anticipar qué sucedería y demasiado agrestes para que les importara".

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