viernes, 17 de diciembre de 2010

"LA INVENCIÓN DE MOREL" - Bioy Casares


Publicado por Javier Serrano en La República Cultural:
http://larepublicacultural.es/article3621.html?var_mode=calcul

Esta novela del argentino Bioy Casares, de escasas 130 páginas, fue calificada por su amigo Borges como "perfecta", y es una de las favoritas también de Roberto Bolaño, que la considera como un hito, una obra tras la cual no se puede (o no se debe) continuar haciendo novela de la misma manera.
Considerada como obra de ciencia ficción, los dos primeros tercios del libro describen un mundo onírico e hipnótico. El narrador es un condenado a cadena perpetua que arriba a una isla, "foco de una enfermedad, aún misteriosa, que mata de afuera para adentro", una isla tan extraña como inhóspita, donde intenta sobrevivir. En ella asiste a la contemplación de un grupo de personajes que parecen turistas, de los que se oculta por temor a la delación; entre los que destaca la presencia de una mujer fascinante, Faustine, que contempla todas las tardes el atardecer junto al mar y de la que se enamorará perdidamente. Los diálogos de esos personajes, la relación que hay entre ellos, su manera de ignorar al protagonista... son ilógicos para él y para el lector. No será hasta el último tercio de la novela cuando aparezca una justificación de todo lo acontecido (leído), explicación ésta que no voy a dar para no destripar la novela.
Uno de los temas que Casares explora en su novela es el de la inmortalidad: "... (creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea, rudimentaria: retener vivo todo el cuerpo. Sólo habría que buscar la conservación de lo que interesa a la conciencia)", "Nuestros hábitos suponen una manera de suceder las cosas, una vaga coherencia del mundo. Ahora la realidad se me propone cambiada, irreal. Cuando un hombre despierta o muere, tarda en deshacerse de los terrores del sueño, de las preocupaciones y de las manías de la vida. Ahora me costará perder la costumbre de temer a esta gente".
Otro tema es el amor: el protagonista y Morel -el personaje que da título a la novela- están enamorados de la misma mujer, Faustine. Un amor inalcanzable para ambos, pero que se erige en toda una justificación de sus respectivas existencias: "Tal vez porque la idea me parezca tan poéticamente desgarradora -buscar a una persona que ignoro dónde vive, que ignoro si vive-, Faustine me importa más que la vida", "Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas; estar enamorado de una de esas imágenes era peor que estar enamorado de un fantasma (tal vez siempre hemos querido que la persona amada tenga una existencia de fantasma)".
Como toda obra de ciencia-ficción que se precie, no han de faltar consideraciones de tipo filosófico, existencial, por parte de su malthusiano protagonista:
"Aquí estaremos eternamente -aunque mañana nos vayamos- repitiendo consecutivamente los momentos de la semana y sin poder salir nunca de la conciencia que tuvimos en cada uno de ellos, porque así nos tomaron los aparatos; esto nos permitirá sentirnos en una vida siempre nueva, porque no habrá otros recuerdos en cada momento de la proyección que los habidos en el correspondiente de la grabación, y porque el futuro, muchas veces dejado atrás, mantendrá siempre sus atributos" [...]
"Y algún día habrá un aparato más completo. Lo pensado y lo sentido en la vida -o en los ratos de exposición- será como un alfabeto, con el cual la imagen seguirá comprendiendo todo (como nosotros, con las letras de un alfabeto podemos entender y componer todas las palabras). La vida será, pues, un depósito de la muerte. Pero aun entonces la imagen no estará viva; objetos esencialmente nuevos no existirán para ella. Conocerá todo lo que ha sentido o pensado, o las combinaciones ulteriores de lo que ha sentido o pensado.
El hecho de que no podamos comprender nada fuera del tiempo y del espacio, tal vez esté sugiriendo que nuestra vida no sea apreciablemente distinta de la sobrevivencia a obtenerse con este aparato.
Cuando intelectos menos bastos que el de Morel se ocupen del invento, el hombre elegirá un sitio apartado, agradable, se reunirá con las personas que más quiera y perdurará en un íntimo paraíso. Un mismo jardín, si las escenas a perdurar se toman en distintos momentos, alojará innumerables paraísos, cuyas sociedades, ignorándose entre sí, funcionarán simultáneamente, sin colisiones, casi por los mismos lugares. Serán, por desgracia, paraísos vulnerables, porque las imágenes no podrán ver a los hombres, y los hombres, si no escuchan a Malthus, necesitarán algún día la tierra del más exiguo paraíso y destruirán a sus indefensos ocupantes o los recluirán en la posibilidad inútil de sus máquinas desconectadas
".

Sin saber que la novela había inspirado el guión de la película de Alain Resnais, El año pasado en Marienbad (1961), lo cierto es que desde el primer momento la lectura me remitía a las imágenes sugestivas de dicha película, a su magnético blanco y negro, a su incomprensible trama, a sus inquietantes travellings... Otra de las conexiones que hace mi memoria es a otra novela, también fascinante y de ciencia-ficción, Solaris, de Stanislaw Lem, que presenta un planeta extraño donde un océano es capaz de materializar las imágenes, los pensamientos de los protagonistas. Esta obra también ha sido adaptada al cine en dos ocasiones, una magistral por el ruso Andréi Tarkovski en 1972, y otra, que no he visto, por el estadounidense Steven Soderbergh en 2002. Volviendo a La invención de Morel, también fue llevada a las pantallas por Andrés García Franco, en 2006, con el mismo título, y es además una de las evidentes fuentes de inspiración de los guionistas de la exitosa teleserie Lost.

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