viernes, 13 de agosto de 2010

"EL GUITARRISTA" - Javier Serrano Sánchez

No lo había vuelto a ver desde aquellos días locos en el D.F. Nos alojábamos en el mismo hostal, justo detrás de la Catedral, a apenos unos metros del Zócalo. Coincidimos varias veces en la terraza del hostal, en el bar con vistas a la noche mexicana. Aquel argentino solía llevar su guitarra y tocarla, haciendo que los viajeros que nos hospedábamos allí nos acercáramos a él. No tocaba mal su repertorio de tangos y canciones del folclore hispanoamericano; tampoco faltaban piezas de autores más modernos, desde Piazzola a Sabina... Ya entonces era tremendamente gordo; de pelo largo, descuidado y canoso, como su barba. Recuerdo también la tristeza infinita de su mirada. Le gustaba beber, eso se notaba. Uno de esos que beben para olvidar, pensé. No pude hablar mucho con él. A decir verdad, casi todo lo que creo saber sobre él viene de comentarios que hacían otras personas alojadas en aquel hostal detrás de la Catedral. Se decía que, como el resto, estaba en un dormitorio compartido, sólo que a él, al guitarrista argentino, lo habían dejado solo, nadie quería compartir habitación con él por su compartamiento extraño y por guarro. Yo mismo fui testigo, cuando coincidíamos en el bar y le pedíamos canciones al camarero, de que al menos esto último era verdad: no le importaba tirarse pedos o eructos allí mismo, en medio del grupo, algo que nos irritaba a todos, pero especialmente al camarero. Precisamente fue él, el camarero, el que me contó el episodio aquél de una noche en que tuvo que abandonar momentáneamente su puesto para ir a buscar bebida, y cuando regresó se lo encontró dentro de la barra. "¿Qué haces ahí dentro? Iba a cambiar la música". Por mucha relación que se tenga con el camarero de un bar, uno sabe que no debe traspasar ese límite natural que es la propia barra.
Creo recordar que otra noche -hubo varias noches- escuché al guitarrista argentino hablar de su vida: iba algo bebido y parecía abatido cuando echaba pestes de su viejo. En otra ocasión me habló de un pasado glorioso -también de su carrera no menos gloriosa- recorriendo el mundo, como un nómada pegado a su guitarra, sintiéndose libre, sin lastres, sin anclas... Trabajaba tocando en plena calle o por los bares, sacándose así un dinero, tampoco parecía necesitar demasiado, apenas lo justo para pagar un hostal y tomar unos tragos. Lo que me alejó definitivamente de él fue lo que ocurrió otra de aquellas noches mexicanas. Estábamos él y yo conversando con el camarero que trajinaba al otro lado de la barra. En un descuido de éste, el guitarrista tomó de la barra con movimiento felino una botella que se utilizaba para dejar propinas y la vació en su otra mano. Luego siguió conversando como si nada hubiera ocurrido. Lo miré con ojos desorbitados, fulminándolo. Debió de sentirse arrepentido pues al poco devolvía con el mismo gesto felino el dinero -poco, la verdad- a su lugar original. Creo que esa fue la última noche.
Hace unos días lo volví a ver por Lavapiés. Resulta increíble lo pequeño que se ha ido haciendo el mundo. Tocaba en una de las terrazas de la calle Argumosa. Era él, seguro. No quise interrumpirle, además podía ocurrir que él no se acordara de mí. Yo iba con dos amigos y fuimos a sentarnos a otra terraza. Al cabo de un rato, el guitarrista argentino apareció allí, donde estábamos sentados, con su guitarra y su altavoz. Empezó a tocar, recostándose sobre su silla hasta casi caer; noté que rehuía mi mirada. Me fijé en los dedos de sus manos, pese a lo inmenso del resto de su cuerpo aquellos dedos eran rápidos, como aquella noche en la azotea estrellada del D.F. Cuando terminó se acercó hasta las mesas. Le pregunté si nos conocíamos. Pareció dudar pero fue apenas un segundo, luego dijo que me había visto en el hostal del D.F., en la terraza, con un grupo de gente. Añadió que me había pedido una carta de invitación para venir a España, algo que yo había olvidado pero que me hizo recordar en ese instante. Finalmente había entrado por Italia -por allí era mucho más fácil, aseguraba- y luego había llegado a España. Barcelona, Granada y, por último, Madrid. Nuestra conversación fue fugaz, apenas unas frases; después desapareció, como en el D.F., dejándome un regusto agridulce. ¿Acaso no era lo de la carta de invitación un reproche en toda regla? Así las cosas, pensé, yo también le podía haber reprochado lo del robo de las propinas del camarero; al fin y al cabo, él mismo vivía de las propinas que le daban. No sé, acaso la próxima vez que nos volvamos a ver -sea donde sea- habrá que tocar el tema.

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