lunes, 5 de julio de 2010

"LA VIDA EN LLAMAS" - Ricardo Menéndez Salmón

(del libro "Gritar")

Para Chus Fernández

Hace algunos años, poco antes de que nos separásemos, una noche del verano más caluroso que yo pueda recordar, mi mujer y yo estábamos sentados en el porche de nuestra casa cuando un hombre envuelto en llamas penetró en el jardín, pasó ante nuestros ojos asombrados moviendo los brazos como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible y se arrojó a la pequeña piscina que, en ratos perdidos, yo había ido construyendo para mis hijos con las mismas manos con que ahora escribo estas páginas.
Creo no mentir si aseguro que lo más aterrador de aquella imagen del hombre envuelto en llamas era que transcurriera en completo silencio. En efecto, mucho más atroz que la voracidad del fuego era que aquel desdichado no gritara, que el único sonido que mientras pasó corriendo por nuestro jardín oyéramos fue el que provocó al entrar en contacto con el agua, que ni siquiera cuando la ambulancia vino a recoger su cuerpo escucháramos una queja de sus labios.
Este extraño suceso tuvo lugar durante la época de la agonía de mi padre, cuando yo me pasaba los días leyendo junto a su cama.
Mi padre tenía cáncer de pulmón y yo había decidido que debía morir en casa, no en el hospital. Supongo que esa fue una de las razones que hicieron que mi mujer y yo nos separásemos tiempo después, aunque, desde luego, esa es otra historia.
La enfermedad de mi padre estaba ya muy avanzada, la metástasis había afectado a otros órganos, mas algo dentro de él se resistía a morir. Es cierto que apenas sufría, aunque había un elemento de obscenidad en aquella pelea suya contra la muerte, sobre todo cuando yo sabía cuánto anhelaba morir. Pero su cuerpo —tenaz, insobornable— se negaba a dar el sí definitivo, luchaba por conservar un soplo de vida, se aferraba a este lado de las cosas.
A veces, cuando pienso en aquellos días, sospecho que lo que mantenía vivo a mi padre era el libro que yo le leía, que antes de morir necesitaba saber cómo terminaba aquella historia. (El título del libro no importa demasiado. En cualquier caso, puedo asegurar que contaba una de esas historias que merecen ser escuchadas al menos una vez en la vida.)
La habitación donde mi padre agonizaba daba a la parte trasera de nuestra casa. Allí el jardín se transformaba en un camino de terrazo que conducía hasta una puerta de madera pintada de rojo por mis hijos. Nada más traspasar la puerta había un seto de rododendros y, del otro lado, se levantaba la casa de nuestros vecinos.
Mientras viví en aquella casa (ahora ya no vivo allí, mi mujer se quedó con todo, incluso con la cama en la que murió mi padre) no tuve mucho contacto con ellos. Se trataba de un matrimonio joven. El hombre debía de ser viajante, pues todos los días, muy temprano, salía de casa, montaba en su coche y no regresaba hasta bien avanzada la tarde, nunca antes de las ocho. Había veces en que incluso no volvía a dormir, aunque nunca pasaba fuera de casa dos noches seguidas. Por el tiempo en que esta historia sucedió, su mujer estaba embarazada.
Cada tarde, mientras yo leía a la cabecera de mi padre y por la ventana entreabierta a causa del calor entraban el rumor de los juegos de mis hijos y el olor de la reseda que crecía en nuestro jardín, podía contemplar a mi vecina sentada a la mesa de su cocina con un libro abierto ante ella. En ocasiones yo abandonaba la lectura, miraba un instante a mi padre (quien con los ojos cerrados quizá estuviera recreándose en las imágenes que mi voz le sugería, o pensando en los amores y amigos ya idos, o acaso sólo dejando pasar los minutos en una confusa vigilia) y luego observaba a mi vecina ojear las páginas de su libro o acariciarse el vientre.
Al liberarme momentáneamente de mi tarea de lector para el hombre que me había dado la vida y, con ella, todos mis sinsabores y también todas mis alegrías, esa visión me reconfortaba. Mirar a aquella mujer, de la que nunca llegué a saber su nombre, me hacía sentir menos solo, más solidario con la razón última que regía el porqué de aquella existencia que se apagaba ante mis ojos.
Ignoro el motivo por el que decidí acompañar los últimos días de mi padre leyéndole un libro. Mi padre nunca fue un gran aficionado a la lectura, y yo mismo prefiero ver una película o arreglar un mueble viejo antes que leer. Pero durante aquel terrible verano sentí que debía llenar las últimas horas de su vida con algo que estuviera más allá de mi presencia física. Y además no deseaba que las últimas voces que mi padre escuchara antes de morir fueran las voces agrias, desabridas, con que mi mujer y yo llenábamos la casa. Por eso leía con aplicación, paladeando cada palabra, demorándome en las descripciones, enfatizando los diálogos, gestionando cada silencio. (Huelga decir que mi padre era un oyente abnegado, dócil, paciente, que en ningún momento se quejó de que yo me hubiera decantado por aquella historia y no por otra. Hay veces, en la vida de un hombre, en que ya no le es dado escoger.)
De tanto en cuando mi vecina se levantaba de la mesa, daba unos pasos por la cocina o salía de ella, pero siempre, tarde o temprano, regresaba a su lectura. También había ocasiones en que se acercaba hasta el ventanal de la cocina, apoyaba la frente en el cristal y miraba hacia fuera. Entonces yo jugaba a adivinar lo sola que se sentía, cuánto hubiera deseado que su marido no tuviera que abandonar cada mañana la casa y qué penoso le resultaba que él malgastara su juventud en la carretera o empeñado en sucios negocios en lugar de hacerle compañía a ella y a la criatura que albergaba en su vientre.
De modo, pensaba yo en aquellos días, que también para ella el libro que leía era una forma de matar el tiempo, de acercarse al suceso verdaderamente importante que la vida le tenía reservado. En realidad, nacimiento y muerte estaban tan cerca el uno de la otra como dos libros en sus anaqueles, como dos lectores en sus respectivas burbujas de cristal, como dos casas separadas por un seto de rododendros y una puerta pintada de rojo por unos niños.
Por las noches, mientras mi padre luchaba agarrado a su botella de oxígeno, mi mujer roncaba suavemente y mis hijos soñaban con juguetes electrónicos, con héroes de dibujos animados o con lo que quiera que sueñan las criaturas sanas y bien alimentadas, yo permanecía despierto pensando en el hombre envuelto en llamas, en mi vecina lectora y en la vida que, ignorante de la suerte que le aguardaba, se consolidaba en su placenta.
Durante aquellas noches de absoluta soledad y de profunda aunque al tiempo asumida tristeza ante la inminente muerte de mi padre, tuve ocasión de descubrir algo que nunca antes había resultado del todo evidente para mí. Lo que comprendí de forma diáfana, como si hasta entonces mis ojos hubieran vivido ocultos tras unas gafas mal graduadas, es que, si se observa con atención, el mundo es un lugar tan extraño que hemos de corregir nuestra mirada de modo constante para que el terror no nos invada en la mesa del desayuno, en las reuniones de trabajo o mientras practicamos el sexo una vez por semana.
Ese era el tipo de reflexiones que yo me hacía en aquella cama de la que el amor huía con grandes pero silenciosos pasos.
Los últimos días de la vida de mi padre me acostumbré, como un ladrón, a recorrer a oscuras mi propia casa. Primero me acercaba hasta el dormitorio de mis hijos y los oía moverse en sus literas, como cachorros ahítos de carne y leche. Después iba hasta la piscina para ver la huella que el hombre envuelto en llamas había dejado en ella, una curiosa mancha cerca del desagüe, semejante a esos dibujos a tiza que la policía hace del perfil de los cadáveres, sólo que este perfil parecía trazado con brea.
Pero mi ronda nocturna, indefectiblemente, concluía en la habitación de mi padre. En su duermevela, frágil como la vida de un insecto, lo observaba transformarse noche a noche en una máscara, sentía cómo el hueso iba ganando espacio al músculo, cómo la calavera pugnaba por brotar en el centro de su rostro igual que una flor pútrida.
Una de aquellas noches, la última antes de que mi padre muriera, tuve ocasión de ver a mi vecina. Y aquella visión casi me vuelve loco. Porque ella estaba desnuda, completamente desnuda, y era bella como una pintura antigua. Su desnudez era tan intensa que, por un momento, deseé despertar a mi mujer, a mis hijos e incluso a mi padre para que la vieran.
No sentía deseo alguno por su cuerpo, ni vergüenza por mirarla sin que ella lo supiera, sólo una especie de éxtasis frío, si es que semejante paradoja es posible; no hubiera deseado tocarla ni besar su enorme y redondo vientre, simplemente hubiera querido que no terminara nunca de beber aquel vaso de agua, que aquella sed que la había llevado a levantarse en mitad de la noche, hermosa como un incendio, jamás se apagara.
Cuando se fue, cuando arrancó tanta belleza de mi mirada, mi padre despertó. En sus ojos, engastados como pedernales en su carne magra, todavía brillaba una luz diminuta, augural, una chispa de inteligencia. Entonces pronunció la última palabra que recuerdo haberle oído:
—Lee —dijo.
Y yo obedecí. Y leí una página, y otra, y otra más.
El alba primero, y la mañana después, me sorprendieron en la habitación. Una luz cítrica, llena de polen y olor a hierba cortada, nos rodeó, nos conjuró en torno a nuestro libro, nos unió por última vez, un poco mitológicos sin duda, como siempre lo son un padre y un hijo.
Cuando leí la palabra que cerraba el libro, lo miré. Él se agitó un poco y pareció dormirse.
Entonces lo besé en la frente, ahuequé su almohada y revisé los niveles de la botella de oxígeno. Al salir de la habitación sentí cuánto sueño tenía por culpa de la noche en vela que había pasado, así que fui a desayunar y le dije a mi mujer que me iba a la cama.
Mi mujer insistió para que saliera a nuestro jardín y desayunara al aire libre antes de acostarme. De modo que acepté y fue entonces cuando los vi. El coche de los vecinos pasaba a toda velocidad por delante de nuestra casa, pero aun así pude advertir cómo ella, mi pintura antigua, mostraba el rostro contraído por el dolor de las mujeres que están a punto de parir.
Esa noche, tras cenar, casi a la misma hora a la que el hombre envuelto en llamas penetró en nuestro jardín, mi padre murió. Media hora más tarde, mientras sentado en el porche esperaba junto a mi familia por el coche fúnebre que habría de trasladar el cadáver hasta el tanatorio, escuché un frenazo delante de nuestra casa.
Entonces vi a nuestro vecino. Estaba despeinado y llevaba la ropa arrugada, como si regresara de una fiesta o de una pelea. Pero algo en él me decía que era increíblemente feliz. A veces la felicidad, la exaltación que produce, el sentimiento de fraternidad con todo y hacia todos que regala, no se puede esconder. Aquel hombre, desde luego, no podía.
Seguramente ese fue el motivo por el que caminó hacia el porche y, apenas a diez metros de nosotros, gritó a pleno pulmón, ignorante de nuestro reciente drama:
—Tengo un hijo. Se llamará Julio.
Luego se giró y se perdió entre las sombras.
Fue entonces cuando mi mujer, la madre de mis hijos, dijo aquellas diez palabras que nunca olvidaré. Dijo:
—Qué ironía. El bebé se llama igual que tu padre.
Y en ese instante, mientras yo miraba a esa mujer a la que ya no amaba, mientras dentro de mí unas puertas se cerraban definitivamente y otras amenazaban con quedar abiertas para siempre, mientras el mundo, una vez más, me mostraba sus absurdos, sus casualidades, sus pequeñas venganzas y recompensas, pensé en cuánto dolor oculto existe en cada vida que nos rodea: la de las mujeres que esperan, la de los hijos que pierden a sus padres, la de los hombres en llamas.

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